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    Annie Besant
    El dominio de la mente. La meditación. I


    Consideremos ante todo la cuestión del renacimiento y lo que significa el discipulado para que el hombre pueda escogerlo deliberadamente por su futuro sendero en la vida. Ya vimos cuáles eran las diferentes etapas de la acción. Al principio, egoísta sin otro móvil que satisfacer las inclinaciones de la naturaleza inferior y gozar del fruto. Después, por medio de la práctica del Karma-Yoga, aprende el hombre a obrar, no ya por egoísmo, sino porque es su deber el cumplimiento de la acción, identificándose así con la Ley y tomando parte consciente en la gran obra del mundo. Por fin, la tercera etapa consiste en efectuar la acción no tan sólo como un deber, sino como el gozoso sacrificio de entregar todo cuanto posee el hombre. Al llegar a esta etapa le es posible quebrantar los lazos del deseo y librarse del renacimiento, pues le mueve a renacer el deseo de los goces y acciones que puede disfrutar y cumplir en la tierra.

    Todo el que va en pos de algún ideal mundano, que tiene por meta de su existencia algún objeto terrenal, está evidentemente ligado por el deseo, y mientras desee algo que la tierra pueda darle, habrá de volver a la tierra. Todo cuando perteneciente a la transitoria vida física sea capaz de atraerlo, será también capaz de ligarlo, porque todo atractivo cautiva al alma y la empuja al lugar en donde le quepa satisfacer su deseo. La naturaleza anímica del hombre es tan semejante a la divina, que aún la misma energía del deseo tiene de por sí poder bastante para la acción. El hombre obtiene cuanto desea, aunque no inmediatamente, sino a su debido tiempo, cuando la naturaleza de las cosas lo prescribe; y por esto se ha dicho repetidas veces que el hombre es dueño de su destino, y que el universo le dará todo cuanto pida. Por lo tanto, ha de recibir los resultados de su deseo en aquella parte del universo a que la cosa deseada pertenezca, y si desea algo terreno, a la tierra ha de venir para satisfacerlo.

    Además, también conducen al hombre al renacimiento aquellos deseos que hallan satisfacción en los mundos astral y mental, los cuales son igualmente transitorios. Por ejemplo, si un hombre pone su deseo en los goces y delicias del cielo (svarga) y con la esperanza de disfrutarlos rehúsa los goces terrenos, los disfrutará en tiempo y sazón oportunos como consecuencia de su conducta; pero siendo el svarga o mundo celeste también transitorio, habrá de volver a la tierra una vez disfrutados sus goces. Por esta razón se llama "sendero de la Luna" el que toma el hombre deseoso de las venturas celestes, y se dice que "la luna es la puerta del svarga". Así vemos que todo deseo, haya de satisfacerse en la tierra o en cualquier otro mundo transitorio, obliga al alma al renacimiento, y por ello se ha dicho que sólo puede libertarse el alma cuando "rompe los lazos del corazón."

    Si el hombre elimina todo deseo, alcanzará la pura y simple liberación sin necesidad de ejecutar insignes proezas ni haber llegado a una muy elevada etapa de evolución ni tener educidas todas las divinas cualidades latentes en la conciencia humana ni encaramarse a las altísimas cumbres en donde moran los Maestros y Auxiliadores del género humano. Logrará tan sólo una liberación esencialmente egoísta que lo coloque más allá del mudable mundo y quebrante cuantos lazos le atan a la rueda de nacimientos y muertes; pero no lo capacitará para ayudar en modo alguno a sus hermanos a romper los lazos que los sujetan. Será una liberación individual y no colectiva, por la que el hombre transciende la humanidad y la deja abandonada a sus esfuerzos. Sé que muchas gentes no tienen en la vida otro anhelo que la propia liberación, sin importarles nada la de los demás.

    Esta clase de liberación es, según queda dicho, muy fácil de alcanzar, pues únicamente requiere el reconocimiento de la fragilidad de las cosas terrenas y la innanidez de las ambiciones por que diariamente se afana el hombre mundano. Pero en último término, esta egoísta e individual liberación también es transitoria, pues sólo dura un manvántara a cuyo término es preciso volver a las esferas de actividad. Deja al alma libre de las ataduras de la tierra; pero en un futuro ciclo habrá de renacer para dar un nuevo paso hacia el fin realmente divino del hombre: la evolución de la individual conciencia en la conciencia colectiva que ha de aleccionar, auxiliar y guiar a los mundos futuros. Otras almas hay, más nobles y generosas, que alegremente rompen los lazos del deseo, no para eludir las dificultades de la vida terrena, sino para ponerse en condiciones de seguir el alto y nobilísimo sendero del discipulado, tras los pasos de los grandes Seres que facilitaron camino a la humanidad.

    Dichas almas Van en busca de Maestros propicios a aceptar por discípulos a quienes para el discipulado se dispongan con el propósito de no liberarse tan sólo ellos personalmente ni de esquivar las tribulaciones, sino de llegar a ser auxiliares, maestros y salvadores de la humanidad, restituyendo al mundo lo que de sus precursores Maestros recibieron. Todas las Escrituras sagradas del mundo aluden al discipulado. Uno de los ideales de todas las almas de alta evolución que en este mundo externo anhelan unirse con la Divinidad, es encontrar un Maestro aleccionador de hombres. En todas las Escrituras está expresada esta idea. Todos los Upanishadas mencionan el Gurú, a cuya búsqueda y hallazgo se convierte la atención del aspirante a discípulo. Trataremos ahora de las cualidades que es necesario adquirir para entrar en el discipulado y lo que es preciso practicar antes de obtener éxito en el hallazgo del Maestro.

    Expondremos lo que se ha de llevar a cabo en la vida cotidiana, aprovechada para el caso como una escuela en donde aprender las preliminares lecciones y capacitarse para ser dignos de tocar los Pies de los grandes Maestros que le confieran el verdadero renacimiento simbolizado en todas las religiones exotéricas por una u otra ceremonia externa, no tan sagrada en sí misma como por lo que simboliza. En el hinduismo vemos que la frase "dos veces nacido" significa que el hombre no sólo nació de sus padres carnales, sino que volvió a nacer al dar el Maestro nuevo nacimiento a su alma. Desgraciadamente, esto sólo está hoy simbolizado, en la generalidad de los casos, por la iniciación que confiere la familia del gurú o el padre del iniciado cuando éste llega a ser lo que en el mundo profano se llama "el dos veces nacido".

    Pero en otro tiempo y también actualmente en algunos casos, se efectúa una verdadera iniciación, esencia de la ceremonia externa, que no se contrae al ingreso en una casta social, sino que es el realmente divino nacimiento conferido por un potente Maestro delegado por el sumo y único Iniciador de la humanidad. La historia nos habla de estas iniciaciones en el pasado y sabemos que todavía existen en el presente. Hay testimonios históricos de su realidad. En muchos templos de la India subsisten las criptas de las antiguas iniciaciones, y aunque el vulgo profano ignora su situación, allí están accesibles todavía a quienes se muestran dignos de entrar en ellas. También Egipto tuvo sus criptas de iniciación, sobre algunas de las cuales se yerguen hoy robustas pirámides que las ocultan a la vista de las gentes.

    Las últimas iniciaciones conferidas en Egipto y Grecia, según nos dice la historia, entre las cuales se cuentan algunas de insignes filósofos, se celebraron en los templos de iniciación, conocidos del mundo profano. Para entrar en estos templos no valía el conocimiento científico, sino que era necesario cumplir ciertas condiciones vigentes desde la más remota antigüedad y perpetuadas hoy día tal como entonces existieron. La historia no sólo atestigua la realidad de la iniciación, sino también la del iniciado. Al frente de las principales religiones figuraron hombres extraordinarios que dieron las Escrituras a los fieles, bosquejaron la fe exotérica y sobresalieron de entre sus prójimos por la espiritual sabiduría que les dio intuición para ver lo oculto y atestiguar lo que habían visto. Es característica de todos los grandes Maestros, que no arguyen, sino que proclaman; no discuten, afirman; no infieren las conclusiones por lógicos procedimientos, sino que las alcanzan por espiritual intuición.

    Hablan siempre con autoridad corroborada por sus propias palabras, y los hombres reconocen ingenuamente la verdad de sus enseñanzas, aunque sean demasiado elevadas para los entendimientos vulgares, porque en el corazón de todo hombre palpita el espiritual elemento que el Maestro evoca, y este elemento responde a la verdad de la espiritual declaración, por más que la inteligencia no sea lo bastante aguda para discernir la realidad de lo que ve el Espíritu. Los insignes maestros, instructores y filósofos de que nos habla la historia fueron iniciados muy superiores al ordinario nivel de la humanidad. Siempre existieron y todavía existen hoy estos iniciados. ¿Cómo podría la muerte posar su descarnada mano en quienes vencieron a la vida y a la muerte y dominan toda inferior naturaleza? Trascendieron la evolución humana en el transcurso de pasados milenios, y unos proceden de nuestra misma humanidad y otros de humanidades anteriores a la nuestra.

    Algunos vinieron de otros planetas cuando la actual humanidad estaba todavía en la infancia; y otros surgieron cuando esta humanidad había recorrido suficientes etapas de evolución para producir de su seno iniciados que la auxiliasen. La muerte ya no tiene imperio alguno sobre el hombre que ha recorrido este sendero y alcanzado su meta, y por lo tanto, no es posible que deje de existir. Su presencia en la historia fuera suficiente prueba de que siguen existiendo, aún sin el testimonio de año en año creciente de cuantos los encuentran y los conocen y a Sus pies aprenden las lecciones. Porque en nuestros mismos días hay quienes, uno tras otro, entran en el antiguo y estrecho sendero, sutilísimo como filo de navaja de afeitar, que conduce al portal del discipulado y capacita al hombre para recorrer el altísimo Sendero del Discipulado. Uno tras otro entran en él en nuestros días, y por consiguiente, pueden confirmar la verdad de las antiguas Escrituras y recorrer el Sendero etapa por etapa.

    Pero, veamos qué cualidades requiere la entrada en el Sendero. La primera es el dominio mental que, por lo menos en cierta medida, debe poseerse antes de que sea posible en algún modo el discipulado. Expliquemos, ante todo, lo que significa dominio mental, qué es la mente y quién la ha de dominar. La generalidad de las gentes identifican con su Yo la mente o inteligencia consciente, y cuando un hombre dice: "pienso, siento, conozco", transpone, si bien se indaga, los límites de su conciencia vigílica y resume en el pensar, sentir y conocer todas las características de su individualidad.(1) Pero quienes han estudiado cuidadosamente la constitución del hombre saben que la mente no es el Yo, sino una de sus cualidades, o mejor dicho, instrumentos de actividad en el mundo.

    A fin de comprender con mayor claridad lo que significa el dominio de la mente y cómo es posible dominarla, veamos antes qué entendemos por autodominio en el seglar hombre del mundo, y advertiremos que dista mucho de parecerse al autodominio como cualidad para el discipulado. Cuando decimos que un hombre es dueño de sí mismo significaremos que su mente es superior a sus pasiones y emociones, que la voluntad, la razón y el discernimiento prevalecen contra la naturaleza inferior, y el hombre es capaz de resistir el embate de la tentación, diciendo: "No cederé. No consentiré que la pasión me arrastre por el empuje de los sentidos que no son ni más ni menos que los caballos uncidos a mi carro. Yo soy el auriga y no les dejaré galopar por el camino que se les antoje." Cuando un hombre habla y obra de tal suerte, decimos que es dueño de sí mismo. Este es el ordinario sentido de la frase, y por cierto que supone una admirable cualidad, una etapa por la que todo hombre ha de pasar.

    El indisciplinado, enteramente sujeto a los sentidos, tiene, en verdad, mucho que hacer antes de adquirir esta cualidad de autodominio en la vida social; pero el discipulado exige mucho más. Al hablar de hombres de voluntad firme y de voluntad débil, significamos que los de voluntad firme, en caso de verse en las ordinarias tentaciones y dificultades de la vida, procederán con arreglo a su razón y buen juicio, guiados por el recuerdo de pasadas experiencias y los resultados que derivaron de ellas. Entonces decimos que un hombre así tiene recia voluntad, que no es juguete de las circunstancias ni presa de los impulsos, que no se parece a un buque zarandeado por las corrientes ni sacudido por los vientos, sino que más puede compararse al buque gobernado por un piloto consciente de su deber, que utiliza vientos y corrientes para dar al buque el rumbo que le conviene, y se sirve del timón de la voluntad para que el buque navegue en la dirección determinada.

    Verdaderamente, la diferencia entre una voluntad recia y otra floja indica el grado de desenvolvimiento individual, pues según el hombre adelanta en su camino es más capaz de dirigir desde el interior todas sus acciones. Recuerdo "que H. P. Blavatsky, en uno de sus escritos acerca de la individualidad, dice que ésta se reconoce en el hombre y se echa de menos en los animales inferiores al observar el modo de actuación de uno y otros en determinadas circunstancias. Si rodeásemos a unos cuantos animales silvestres de las mismas circunstancias, todos ellos obrarían de igual manera, porque sus actos dependen de las circunstancias y son incapaces de modificarlas o equilibrarlas en correspondencia con un deliberado propósito de acción. Todos obran de la misma manera. Conociendo la índole del animal y las circunstancias en que está colocado, podréis inferir de los actos de unos cuantos los de todos los de su especie. Esto denota evidentemente la ausencia de individualidad.

    Pero si se trata de cierto número de hombres, no podremos asegurar de antemano que todos obren de la misma manera en igualdad de circunstancias, porque según el desenvolvimiento del individuo, así variará su conducta, aún siendo iguales las circunstancias. Cada individuo es diferente de los demás, y por lo tanto, obra diferentemente. Tiene voluntad propia, y en consecuencia elige distinto procedimiento. El hombre abúlico tiene menos individualidad, está menos desarrollado y no va muy adelante en el camino de la evolución. Ahora bien; suponiendo que el hombre haya adquirido el autodominio en la vida ordinaria y tenga robustecida la voluntad, puede entonces dar un nuevo paso más allá del dominio de la naturaleza inferior por la superior y conocer algo de la creadora potencia del pensamiento, es decir, algo más de lo que el pensamiento es para el ordinario hombre del mundo, pues requiere ciertos conocimientos filosóficos.

    Si, por ejemplo, estudia las obras capitales de los filósofos índicos, aprenderá en ellas lo que intelectualmente se entiende por potencia creadora del pensamiento; y desde luego advertirá que hay algo tras lo que llama su mente, porque si el pensamiento tiene fuerza creadora, si el hombre puede engendrar pensamientos por medio de la mente, debe de haber algo que los genere y esté oculto tras la mente de que brotan los pensamientos. El poder, fuerza o potencia creadora del pensamiento, por cuyo medio es capaz el hombre de disciplinar e influir en su mente y en las ajenas, basta para demostrar que algo hay superior a la mente, algo que, por decirlo así, es inseparable de ella y que de ella se vale por instrumento. Estas reflexiones infunden en el estudiante que se esfuerza en la comprensión de su propio ser, la conjetura de que no es tan fácil como parece dominar la mente, pues los pensamientos brotan de ella espontáneos sin que él los excite ni provoque, y muchos de ellos son contrarios a su voluntad.

    Invaden su mente toda especie de quimeras y fantasías que le repugnan, pero se ve incapaz de rechazarlas. Está forzado a rozarse con pensamientos que prevalecen en su mente y no están sujetos a su dominio ni autoridad. Entonces se pregunta: ¿de dónde vienen estos pensamientos? ¿cómo actúan? ¿cómo se les puede dominar? Poco a poco aprende que muchos de los pensamientos venidos a su mente, provienen de las mentes de otros hombres, y que, en cambio, él influye en las ajenas con los que engendra en la suya, de lo cual infiere que de la índole de sus pensamientos le alcanza mayor responsabilidad de la que hubiera podido suponer. Si figuraba que tan sólo con la palabra influía en las mentes ajenas y que únicamente con el ejemplo de sus acciones afectaba a las acciones de los demás. Pero, según adelanta en su aprendizaje, se va convenciendo de que hay una invisible energía, dimanante del hombre pensante, que influye en las mentes de los demás hombres.

    La ciencia moderna nos dice algo de esto y en el mismo sentido, pues no sólo reconoce la transmisión del pensamiento entre dos cerebros sin necesidad de palabra hablada o escrita, sino también reconoce que en el pensamiento hay algo tangible, observable, parecido a una vibración que levanta otras vibraciones, aunque no se oiga palabra alguna. La ciencia ha descubierto que el pensamiento puede transmitirse silenciosamente de una a otra persona sin externa comunicación, o como dice el profesor Lodge, sin medios materiales(2) de comunicación. Siendo esto así, todos nos estamos afectando mutuamente por medio del pensamiento sin que medien palabras ni actos. El pensamiento que hemos engendrado irradia para afectar las mentes ajenas, al paso que los pensamientos de los demás influyen en nuestra mente. Entonces advertimos que la inmensa mayoría de las gentes piensan muy poco por sí mismas, aunque les parecen pensamientos propios los que reciben de quienes los engendran.

    En realidad, las mentes de los hombres se asemejan por lo general a los mesones o posadas en donde los caminantes se albergan durante una noche. Los pensamientos entran y salen de su mente, sin que de por sí influya gran cosa el hombre en el pensamiento que recibe, lo alberga y luego se marcha. Pero nosotros debemos pensar deliberadamente, con el propósito de transmutar nuestro pensamiento en acción. ¿Por qué es tan valiosa esta disciplina mental que regula y refrena el pensamiento y rechaza los provenientes de ajenas mentes? ¿Por qué debe ser ésta una condición del discipulado? Porque cuando el hombre se convierte en discípulo, son mucho más poderosos sus pensamientos y se acrecienta y vigoriza su individualidad hasta el punto de que todos sus pensamientos tienen reduplicada vitalidad y energía para influir en las mentes de los hombres del mundo. Con el pensamiento se puede matar a un hombre o sanarlo de una enfermedad.

    Con el pensamiento es posible influir en una muchedumbre o forjar una visible ilusión que engañe y extravíe a quienes candorosamente la vean. Por lo mismo, si tanto poder adquiere el pensamiento cuando se acrecienta la individualidad, y si el discipulado significa el rápido incremento de la individualidad, de modo que un hombre pueda realizar en pocas vidas lo que de otra manera tardaría milenios en conseguir, es necesario que antes de conferirle estos amplios poderes, sepa dominar sus pensamientos, resistir cuanto de maligno haya en ellos y no albergar más que lo puro, benéfico y útil. Por lo tanto, el dominio de la mente es una condición del discipulado, pues antes de que el hombre adquiera el supletorio poder mental dimanante de las enseñanzas del Maestro, debe dominar el instrumento engendrador de los pensamientos, a fin de ser capaz de engendrar los que quiera y ninguno brote sin su consentimiento.


    (1) Este es el fundamento del sistema filosófico de Descartes resumido en el famoso apotegma: cogito, ergo sum (pienso, luego existo) que identificaba el Yo con la mente.-N.deI T..
    (2) La palabra "materiales," se contrae aquí a la acepción física.


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