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    V.B. Anglada
    Los Devas Solares y el Prana.


    PRANA, es una manifestación de la infinita vitalidad de Dios llevada al Universo, o a cada uno de los planetas y satélites del Sistema, por mediación de los devas solares, a través de los rayos del sol por los cuales viajan o se proyectan por los éteres universales. La forma como PRANA se manifiesta en cada uno de ellos carece de importancia, dado que cada planeta posee una vida especial que se expresa a través de determinadas cualidades o tipos de Rayo; lo que nos interesa es la consideración del principio, ya que la comprensión del mismo puede llevarnos por analogía al descubrimiento del verdadero SER, DIOS, velado precisamente por estos principios originales, que promueven la vida de todo lo existente dentro del contenido universal.

    Debemos saber, desde un buen principio, que PRANA lo llena todo, que al respirar, al comer, al actuar, al pensar, al sentir y al relacionarnos con el ambiente que nos rodea, movemos una indescriptible diversidad de elementos pránicos, es decir, una infinita gama de devas que, al interpenetrarse con nuestra aura y al asociarse con nosotros, colaboran estrechamente en nuestros procesos de pensar, de sentir y de desarrollar nuestra conciencia hacia aquellas sempiternas alturas en donde DIOS omnipotente, velado por principios pero más allá de todos los principios, preside serenamente el drama solemne de la evolución del Universo.

    Pero, analicemos lo más inmediato. Al respirar inhalamos constantemente una ingente cantidad de corpúsculos vitales-lumínicos-eléctricos (PRANA), que al penetrar en nuestro organismo vitalizan nuestras funciones corporales, especialmente la circulación de la sangre. Cuando estas vidas que nacen de la fricción de los rayos del sol (los devas solares) sobre nuestra atmósfera planetaria, (de cualidad todavía lunar), sean estudiadas por la Ciencia y se inicie un estudio formal y sin prejuicios de los “desconocidos elementos” que viven en los éteres y que son los creadores y sustentadores del cuerpo vital o pránico de los hombres, se tendrá en las manos el verdadero y único poder que puede vencer definitivamente la enfermedad en nuestro planeta.

    La Era de Acuario conocerá efectivamente un tipo de Ciencia ocupada única y exclusivamente en el estudio, comprobación y utilización inteligente de las infinitas modificaciones de energía del mundo dévico, ampliando sus perspectivas de tal manera que la curación de las enfermedades será absoluta y radical, aún en aquellos casos extremos, como en el del cáncer, por ejemplo, sobre el cual la ciencia médica no ha hallado aún remedio válido y eficaz pese a sus nobles intentos y reiteradas pesquisas.

    El cáncer es una enfermedad de tipo eminentemente vibratorio. Las causas del mismo son muy sutiles; no se hallan precisamente en las tendencias hereditarias que pueden ser corregidas con un adecuado tratamiento magnético y una dieta pura y controlada, sino en la inquietud, el temor, el nerviosismo, la irritación, la angustia vital, y en general, en todas las violentas tensiones emocionales, incidiendo allí, en aquel punto del esquema corporal en donde las reservas de energía son más débiles, o en donde existen de antemano predisposiciones hereditarias o kármicas.

    Nuestra experiencia en el Ashrama con respecto al mundo de los devas me ha dado la clave de la Ciencia del futuro, no sólo la parte de la misma que se ocupa de la curación de los organismos físicos y la de aquella que tiene como campo de experimentación el equilibrio psicológico de las gentes, sino también aquella otra que se orienta hacia el control y aprovechamiento de la infinita fuerza que llamamos “energía atómica”.

    Quizás resulte un poco extraño que enfoquemos las enseñanzas en el Ashrama acerca de los devas, hacia esos aspectos tan conocidos como la curación de las enfermedades, el equilibrio psicológico y la liberación de la energía contenida en el átomo. Lo extraño sería dada la responsabilidad que entraña la enseñanza dévica, que nos limitaremos únicamente a referir anécdotas acerca de las innumerables entidades invisibles que se agitan en los éteres y que constituyen con la expresión de su vida, todos los elementos que participan en la evolución y desarrollo de este gigantesco cuerpo que llamamos Tierra. Nos referiremos siempre acerca de los devas en términos científicos de fuerzas y energía. Es tal como debe hacerse. La razón es que el verdadero esoterismo, es la ciencia que trata de los factores ocultos o desconocidos que promueven las energías y las fuerzas, aquel aspecto subjetivo causal que condiciona toda expresión objetiva de la Naturaleza.

    Conocemos además el corazón humano, llevado siempre del impulso hacia lo maravilloso y del culto a lo espectacular, fácilmente preso del relato fácil y entretenido y de la anécdota curiosa, pero poco amante de las realidades internas que han de suscitar un verdadero interés científico, razonado o mental.

    Nuestros trabajos contienen una carga de dinamismo vital que puede suscitar por contacto, a través de un profundo y marcado interés, la liberación de energía mental en determinadas zonas. El tiempo, secundando ese sincero interés, llevará un día la mente de los hombres al descubrimiento del maravilloso mundo oculto donde se fragua la existencia estructural del Universo, el mundo de los devas. Es de las implicaciones sutiles de ese mundo, pero en estrecho e íntimo contacto con nuestra humanidad que vamos a ocuparnos.

    La vida esotérica es de observación y comprobación, no de simple especulación. Ella sigue una línea de máxima resistencia. Es mucho más fácil entretener el ánimo de las gentes con relatos maravillosos o espectaculares, que despertar en ellas un verdadero y profundo interés por descubrir el mundo de las causas originales de las que brota la infinita corriente de vida. El esoterista verdadero rehuye siempre las líneas de mínima resistencia ya que ellas conducen indefectiblemente al reino de Maya, de la ilusión, de los dorados aunque inútiles y perjudiciales espejismos. De ahí que sean tan pocos, sinceramente hablando, los esoteristas, los verdaderos discípulos en el mundo.

    En el Ashrama se reciben también ciertas enseñanzas especiales acerca de la vida en algunos planetas de nuestro Sistema Solar, íntimamente relacionados con nuestra Tierra, pero sólo como un requisito ashrámico y cuando se estudia la actividad cíclica de los Rayos, relacionada siempre con FUERZAS y ENERGÍAS y, naturalmente, con la función específica de ciertos poderosos DEVAS planetarios y solares. Por esta razón existe siempre por parte del discípulo una discreción natural y una circunspección exquisita cuando se trata de “relatar” cosas de orden trascendente, pero cuya efectividad en orden al conocimiento humano y a su posible verificación, es francamente nula o excesivamente prematura.

    El mundo de los devas es realmente maravilloso. Es un milagro en permanente ejecución, ya se trate del estallido de un rayo de luz sobre el pétalo de una flor, del crecimiento de un árbol o de la excelencia de un sazonado fruto, como de aquel Milagro celeste que llamamos INICIACIÓN y que convierte al ser humano en una Entidad divina. La vida de los devas lo preside todo. De ahí la importancia de tratar de conocer su mundo, de establecer contacto con ellos, de invocar su fuerza, de lograr los beneficios de su amistad..., de consumar inteligentemente el mandato crístico de “Amaos los unos a los otros”, infinitamente más profundo y más extenso que el que circunscribimos únicamente a la vida de nuestra humanidad terrestre conocida.


    - Los Devas y las formas de pensamiento

    Dejaremos por ahora el estudio de otro tipo de devas, o elementales constructores que viven en los elementos de la Naturaleza, tales como los gnomos o espíritus de la tierra, las ondinas del agua, los silfos del aire, las salamandras del fuego, así como alguna de aquellas bellísimas criaturas (tan bien descritas por Walt Disney en algunas de sus entrañables y exquisitas creaciones), como son las hadas de las flores, los espíritus de las plantas, etc. Movidos por un impulso realmente científico y buscando ante todo el aspecto más práctico de la enseñanza relativa a los devas, aludiremos a un fenómeno que ocurre constantemente a nuestro alrededor y del que somos prácticamente inconscientes.

    Me refiero al concurso de los devas en el desarrollo y vitalidad del pensamiento humano. La facultad de pensar es divina y su poder es realmente creador, pero a la fuerza ideadora del hombre hay que añadir siempre la necesaria colaboración de los devas. Una forma de pensamiento es un estímulo eléctrico de la mente conteniendo “intención e ideación”. Ambos elementos son consustanciales dentro de la facultad de pensar. El tercer elemento “plasmación”, corresponde a los devas. Sin ellos faltaría el soporte objetivo y visible que promueve toda posible construcción, desde la de la diminuta estructura de un átomo hasta la indescriptible objetivación que abarca el Universo entero. El proceso es siempre el mismo y en este orden: intención, ideación y plasmación o construcción.

    La vida entera de la Naturaleza es un ejemplo constante del concurso armonioso de estos tres factores, lo mismo cuando se trata de llenar un plano, o dimensión de la Naturaleza, con determinados tipos de formas de pensamiento arquetípicas, como cuando se trata del crecimiento de la más humilde florecilla de los bosques. El deva, en sus innumerables aunque bien definidas gradaciones es el poder constructor de todo cuanto existe.

    Hay un principio esotérico que rige la fraternidad de relaciones humano-dévicas. Podríamos definirlo así: “El hombre piensa y habla y el Deva escucha y ejecuta”, o mas concretamente todavía: “La energía sigue al pensamiento”. En este principio, claramente comprendido y científicamente interpretado, subyace la clave del conocimiento superior. Pero, vamos a analizar más detalladamente lo antedicho para hacer más comprensivas sus significaciones.

    Cuando nosotros pensamos estamos transmitiendo una serie de ondas eléctricas al espacio, mediante una serie de estímulos más o menos potentes de nuestro cerebro, considerado aquí en su función de central transmisora de mensajes mentales.

    Ahora bien, estas ondas dirigidas con intención y conteniendo ideación quedarían flotando sin destino alguno en el espacio, a no ser por la participación de los devas mentales, altamente especializados cuya misión natural y su única función es “hacerse cargo de los pensamientos de los hombres” vitalizarlos con su vida y transportarlos a su destino, o bien cobijarlos y mantenerlos en “gestación” como energía, a la espera de las requeridas condiciones cíclicas de expresión, como ocurre con los arquetipos raciales, ideológicos o espirituales (creados por la mente humana y respondiendo a Arquetipos causales), o con los procesos destructivos y grandes cataclismos que asolan periódicamente a la humanidad como efecto, no digo castigo, de sus inadecuadas, violentas y agresivas formas de pensar.

    El principio adoptado por la UNESCO en su conocido preámbulo “La guerra se fragua en la mente de los hombres y es en la mente de los hombres donde hay que construir los baluartes de la paz”, puede dar una idea realmente clara y concreta de la participación humano-dévica en la creación y desarrollo de los grandes acontecimientos planetarios, si es atentamente examinado.

    Hay que advertir, sin embargo, que los devas “no miden las consecuencias de los pensamientos humanos”, sino que se limitan a manejarlos de acuerdo a intenciones e ideaciones, las cuales, a su vez, vienen condicionadas por los aspectos de “cualidad” y “potencia” de la mente que los ha emitido. En estas cuatro palabras: intención, ideación, cualidad y potencia, siempre presentes en la formulación de cualquier pensamiento está resumido todo el proceso del pensar humano y la vía expedita de su realización plástica u objetiva por parte de nuestros hermanos los devas, así como la comprensión de cómo se estructura nuestro ambiente individual, familiar, social y espiritual.

    La función específica del deva es “recoger el pensamiento humano y darle conveniente cauce de acuerdo a intenciones, ideaciones, cualidades y potencia”.

    El deva no razona sobre los efectos positivos o negativos, constructivos o destructivos, de las humanas ideaciones, habida cuenta de que carece de mente, cuando menos del tipo de mente humana que nosotros conocemos y utilizamos. Los devas son, “ráfagas puras de sentimiento”. El deva evoluciona por el camino del sentimiento, siendo el sentimiento el impulso vital de su existencia. Sólo en etapas muy avanzadas de su desarrollo evolutivo adquiere el deva la facultad de pensar. Tenemos entonces un ser mucho más avanzado que el hombre, pues no sólo posee los más profundos y más ricos matices del sentimiento de la Naturaleza dévica, sino también la facultad de “idear”, de “imaginar” o de “crear”, que caracteriza singularmente al ser humano. En el aspecto de los devas constructores en materia mental, de estas criaturas que vitalizan el pensar humano, vemos que ellos encarnan dentro de sí únicamente aquellos pensamientos que son afines con la naturaleza o vibración de sus sentimientos y emociones.

    Ellos buscan, tal como es su ley y su función, la sintonía de su vida en pensamientos humanos, y esta sintonía debe estar forzosamente de acuerdo con su particular vibración o grado de desarrollo. Sería pues inadecuado decir que existen devas buenos y devas malos, sino más bien que existen cualidades o matices de sentimiento dévicos de acuerdo a cada tipo de pensamiento humano, que puede ser de cualidad vibratoria superior o inferior. Hay devas de densa vibración dentro de la escala sintónica del sentimiento; ellos encarnan en pensamientos humanos de baja vibración. Hay devas de elevadísima vibración que encarnan solamente en los pensamientos elevados o sublimes de los hombres. La Musa que invocan los poetas no es sino el deva que transforma la ideación poética en sentimiento creador. Y el genio inspirador de los sabios y de los músicos es siempre el deva que por sintonía de vibraciones acude siempre a prestarles el aliento de su vida espiritual con ráfagas puras de sentimiento y de emoción profunda.

    Existen infinitas gamas de devas, tantos como matices de sentimiento y gradaciones cualitativas dentro del pensamiento humano.

    Podemos decir, que a cada estado de conciencia humana, o a cada uno de sus pensamientos y emociones corresponde un tipo particular de devas. El proceso de la evolución planetaria, considerado esotéricamente, es de fraternidad humano-dévica. Esta fraternidad, conscientemente reconocida e inteligentemente realizada, producirá finalmente el Arquetipo ideal de belleza y armonía del mundo del futuro. Pero, desdichadamente, los seres humanos nos hallamos todavía muy lejos del estado de equilibrio emocional y mental que ha de permitimos penetrar en el mundo de los devas y dejar que ellos penetren en el nuestro, como sucedía en los primeros estadios de la vida evolutiva de la humanidad. Sólo así, unidos fraternalmente dentro de una reconocida y aceptada interdependencia, podremos los hombres y los devas contribuir conscientemente a establecer el Reino de Dios sobre la Tierra.


    - Relato de un contacto dévico

    Tuve una vislumbre del concurso fraternal de los devas y de la gracia especial de su intervención en la vida de los hombres, en un contacto que tuve con uno de ellos.

    Trabajaba desde hacía meses en la ciudad de Ginebra en la Sede de la Escuela Arcana, una escuela esotérica a la que pertenecía desde hacía muchos años. Me habían encargado la dirección de la reunión de meditación de luna llena del mes en curso, Enero de 1963. Habitualmente se iniciaba esta reunión con una alocución de tipo esotérico para predisponer la mente de los asistentes para el trabajo meditativo. Para esta ocasión había elegido yo un tema altamente sugestivo: “El OM, como Mántram Solar”. Había leído algo sobre ello, no mucho, a través de los libros del Maestro DK, pero confiando mucho en mi intuición, creí sinceramente que aquella disertación no tendría dificultades para mí. Pero, he ahí que unos días antes de la festividad de la luna llena, empezaron a asaltarme unas muy profundas dudas sobre mi propia seguridad y confianza respecto a la explicación creadora del sentido realmente esotérico del OM sagrado.

    Me iba dando cuenta, conforme se acercaba el día de mi disertación, que hablar del OM no era tarea fácil, no sólo por sus implicaciones solares y jerárquicas, sino también porque tenía que enfrentarme con un selecto auditorio constituido por estudiantes de la Escuela Arcana, entrenados en el Arte de la meditación y con ideas más o menos profundas acerca del OM. Siempre he considerado que la palabra humana es un poder que involucra una gran responsabilidad y que hablar únicamente sobre lo que he leído o estudiado, por bueno que sea y por bien que se explique carece de estímulo creador, a menos que apoyados en aquellos conocimientos de base seamos capaces de extraer algo nuevo y no anteriormente dicho, de nuestra propia cantera espiritual. Pasé pues unos días muy preocupado intentando por medio de la meditación profunda y sostenida encontrar dentro de mí aquel “algo” nuevo con que debería matizar creadoramente mis palabras el día de la reunión de plenilunio.

    El día mismo que debía pronunciar mi disertación como preámbulo meditativo, me hallaba todavía no sólo confuso sino muy profundamente preocupado. Aquel mediodía había ido a desayunar en el restaurante del Palacio de las Naciones Unidas, muy cerca de la rue de Varembé en donde se hallaba ubicado el Centro Internacional y los despachos de la Escuela Arcana.

    Después de tomar café salí a pasear por los jardines del Palacio de las Naciones Unidas, y pese al frío reinante me senté a meditar bajo un frondoso y gigantesco castaño de los muchos esparcidos en aquel dilatado y bien cuidado parque. Naturalmente, el motivo de mi meditación era el OM, su significado, sus implicaciones solares, su correcta expresión por el aspirante espiritual, la liberación de su energía en el orden planetario. Pero, mi mente se hallaba perpleja, muda, impenetrable. Me preocupaba muy profundamente cómo podría presentar el OM en su función de poder coordinador de los tres vehículos periódicos del hombre y también su entonación perfecta para poder producir cambios apreciables dentro de uno mismo y a su inmediato alrededor, es decir, como vehículo, sutilísimo de contacto con el Yo superior y la Tríada espiritual.

    No sé cuánto tiempo permanecí allí bajo el castaño apoyada mi espalda a su tronco, ni sé tampoco si me dormí fatigado por el peso de mi esfuerzo meditativo. Sólo sé y sólo recuerdo que sentí resonar de pronto el OM sagrado dentro de mí mismo, como si del fondo de mi corazón surgiese aquella VOZ, muy familiar, pero que no podía identificar en aquellos momentos con nada conocido y cuya vibración determinaba en mí un estado de armonía e integridad que nunca había conocido ni experimentado. Al abrir los ojos, incapaz de resistir aquella tensión creadora y aquel poder que me transformaba internamente, vi ante mí sonriente, pero lleno de majestad, a un resplandeciente Deva. Su forma era casi la humana, aunque supongo que había adoptado aquella forma para mejor establecer contacto conmigo. Surgían de su aura como poderosos haces de luz que se extendían en insoladas ondulaciones de un intenso color azul violáceo, abarcando con sus destellos toda la extensión del lugar en donde me hallaba situado.

    No me sobresalté sin embargo lo más mínimo. El poder del OM “pronunciado dentro de mí por aquel bendito Deva” me había “transfigurado” de tal manera que me era posible contemplarle, oírle en su mágica expresión y comprender el alcance infinito de su mensaje. Me hallaba pues en presencia de un Ángel, de un enviado celeste, del fruto divino a mi profunda y sentida invocación, de una respuesta directa a mis continuadas interpelaciones. Aunque lleno de fecundidad mental y arrebatado por un ígneo poder, me sentía insuflado de ternura y de devoción hacia aquel gentil exponente del poder constructor de la Naturaleza. Aunque el contacto fue extraordinariamente fugaz de acuerdo al concepto tiempo, la percepción fue excepcionalmente clara y puedo recordarla incluso ahora con todo detalle. Puedo decir que en aquellos momentos fui consciente, realmente consciente, de algunos de los misterios implícitos en el OM y de su debida entonación en lo que a la nota típica de mi vida espiritual se refería.

    El Deva se esfumó progresivamente a medida que mi conciencia entraba nuevamente en posesión de su estado habitual o de contacto con el mundo de lo normal, pero cuando recobré el pleno uso de mis facultades concretas, sabía yo exactamente lo que tenía que decir y cómo debía pronunciar el OM para que mi tarea de la noche, durante la meditación de luna llena, tuviese la necesaria efectividad y trascendencia.

    Y así fue en efecto. Por primera vez en mi vida pude hablar del mántram sagrado, del gran sonido de resurrección, como lo llaman los esoteristas, con conocimiento de causa y directa experiencia de los hechos.

    Hemos dicho antes que, la enseñanza acerca de los devas constituye un aspecto principal del entrenamiento de los discípulos de un Ashrama.

    Uno de los trabajos que el Maestro nos sugirió realizar hace ya bastante tiempo, fue presentar al mundo y de la manera más simple que fuese posible, la enseñanza que iríamos recibiendo en el Ashrama acerca de los devas. Otros discípulos, lo hicieron ya en el pasado y por primera vez quizás en el curso de la historia presentaron un cuadro de relaciones dévico-humanas, explicando tipos, funciones y gradaciones de estos seres angélicos que viven en los elementos de la Naturaleza y que con el hálito de su vida constituyen el poder que renueva, destruye, conserva y edifica todas las cosas existentes, incluido los vehículos periódicos del hombre; el doble etérico o pránico, el organismo físico, el cuerpo emocional y el cuerpo mental.

    Otros devas cuyas vidas evolucionan en los planos superiores del Sistema solar crean con el poder con que Dios les ha dotado, los Arquetipos superiores a los que se ajustan los designios de los Logos planetarios y los Planes o Esquemas de las distintas Jerarquías que precisen la evolución universal. Crean y construyen también los cuerpos superiores o espirituales del hombre a medida que avanza éste por las rutas obligadas de la evolución: el búdico, el átmico y el monádico.

    Nuestra labor debe limitarse forzosamente al reconocimiento científico del mundo dévico, es decir, abordar lo más directo e inmediato, lo que podrá ser comprobado al respecto si el hombre estudioso, el aspirante espiritual y el verdadero científico, se deciden a penetrar con mente audaz y aguda el mundo de las causas y de los altos significados, amparados en un verdadero espíritu de investigación y reconocimiento humilde lo mucho que le falta aprender todavía para poder hablar de fuerzas y de energías con verdadero conocimiento de causa.



    V.B.Anglada



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