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    V.B. Anglada
    El hombre en el Devachán. III


    El Devachán de un discípulo

    Siempre bajo la experta guía del Maestro fuimos penetrando en zonas cada vez más profundas y significativas del Devachán, tomando conciencia de las implicaciones del deseo como verdadero promotor de la evolución de todos los reinos de la Naturaleza, ya que en la raíz de cada uno de los elementos constitutivos de cada reino subyace siempre un Sueño de Dios. Puedo asegurarles a Uds. que la experiencia devachánica me “marcó para siempre con fulgores de eternidad”, ya que me fue posible percibir, siquiera fugazmente, las indescriptibles profundidades humanas que contienen el verdadero asiento de la manifestación de la vida.

    En sus aspectos más asequibles, y a medida que nos adentrábamos por aquellas insospechadas regiones devachánicas o celestes, vimos en su verdadera dimensión el corazón humano, participamos de sus alegrías, de su anhelos infinitos de paz, de aquellos intensísimos deseos de reparar mediante un sentido acto de contrición ciertas actitudes adoptadas en la vida terrestre, de mitigar dolores o aflicciones en uno mismo y en los demás, así como el sagrado intento de expresar plenamente en otros casos todos aquellos aspectos de la vida anterior que no pudieron ser adecuadamente desarrollados o totalmente satisfechos.

    Profundizamos así paulatinamente en esferas de elevados ideales en funciones de grandes sueños, así artísticos como religiosos, filosóficos o científicos y descubrimos zonas de actividad devachánica que parecían realmente aquello que desde nuestra más tierna infancia considerábamos el Cielo y que matizábamos con nuestras puras ilusiones y nos identificamos con estados de conciencia realmente sublimizados.

    En determinada oportunidad, ya casi al final de nuestro proceso de entrenamiento devachánico, penetramos en el estado de conciencia de un discípulo espiritual. Tan dilatada, luminosa y profunda era esta esfera que más que un sueño humano una realidad del propio Dios parecía; potente era en efecto la vibración proveniente de la ideación de un mundo mejor para la humanidad, regido por los más elevados cánones de belleza, equidad y justicia. El Maestro nos dijo que el Devachán de este discípulo sería muy corto debido mayormente a que su conciencia participaba, aún en el Devachán, de la sagrada enseñanza de su Mentor espiritual. Más que un sueño eran sus ideaciones -tal como oportunamente nos señaló el Maestro- una vislumbre de la Realidad espiritual de la Humanidad para un próximo ciclo de evolución, que aquel discípulo había intuido ya por sutilidad mental durante el doloroso proceso de su vida física pasada.

    Este fue el único caso de un verdadero discípulo mundial que pudimos contactar durante el devenir de nuestra aventura devachánica. Nos dijo el Maestro también, que conforme avanza la conciencia del discípulo hacía aquel proceso de vida iniciática encarnando algún definido Arquetipo superior, sus deseos se convertían en poderosa voluntad de acción y que aprovechaba la oportunidad de vida devachánica para contribuir al desarrollo y expresión de aquellos Arquetipos en la conciencia de la humanidad.

    Esta lección fue convenientemente ratificada por el Maestro en otras conversaciones sostenidas en el seno del Ashrama. Puedo decirles a Uds. que la base principal de estas enseñanzas fue de preparación para nuestra futura vida devachánica, pues tal como nos decía el Maestro “... la recompensa del discípulo sólo se encuentra en el Devachán”, ya que esta recompensa no es solamente de paz, serenidad y recogimiento místicos, sino también de la más potente y dinámica ideación creadora. Aún en el Devachán, mientras este mundo se hace todavía necesario para el discípulo, ya sea para activar alguna cualidad dormida o para desarrollar determinadas capacidades de servicio para el futuro, existe todavía un misterioso contacto con el Maestro y el Ashrama.

    El Alma del discípulo, el Ángel Solar de su vida, está durante el proceso de vida devachánica “más profundamente atenta y apercibida que nunca de la actividad de su reflejo en el plano mental”, y aunque el proceso en cuestión sea de carácter muy breve para el discípulo, contiene cada una de sus expresiones aquella llama eterna que enaltece, purifica y dignifica. El camino de la iniciación se aclara y se modela por anticipado, aquel género de vida que ha de llevar un verdadero Iniciado, un perfecto hijo de Dios.


    Consideraciones esotéricas

    Serían muchos y muy variados los cuadros que entresacados de mis experiencias devachánicas podría someter a la amable consideración de Uds. Pero, comprendan por favor, que no trato simplemente de entretenerles el ánimo con estos relatos, que si bien muy interesantes, sólo son puntos de interés para profundizar en leyes y en principios ordinariamente ocultos y desapercibidos, mi interés como siempre, va mucho más lejos y tiene como punto de confluencia y principal objetivo la presentación de ciertas verdades espirituales y estimular el ánimo para la realización práctica de las mismas dentro de la sociedad organizada donde vivimos.

    Lo más relevante de la ley ordenadora de los ciclos, que una de sus expresiones crea el Devachán, es la consideración de la potencialidad de espíritu humano vivificado y sostenido por el propio Aliento de Dios o Voluntad creadora. El deseo humano es un aspecto de la Voluntad divina.

    No nos damos cuenta de todo su poder ni de sus infinitas posibilidades en tanto vivimos en el plano físico, debido a la materialización de nuestro deseo y a la escasa preparación de nuestras mentes. El único elemento en nuestra vida que trabaja por así decirlo a pleno rendimiento es el deseo, que constituye el nervio vital de toda nuestra existencia. El deseo es el imán que crea aquel depósito de elementos superiores que queremos conquistar, pero para los cuales no estamos todavía suficientemente capacitados. La intensidad de los deseos crea un núcleo de poder vital dentro de la conciencia, una fuerza reprimida en estado de permanente tensión, un muelle constantemente contraído que ansía expandirse, un sueño permanente del alma en encarnación que sólo en el Devachán puede hallar adecuada y plena exteriorización o cumplimiento.

    La ciencia psicológica ha reconocido ya en parte la potencialidad de estos deseos inconsumados que por incumplimiento, o falta de exteriorización, constituyen todos los desórdenes nerviosos, traumas patológicos y complejos psíquicos actualmente en estudio y atenta consideración por parte de la medicina moderna. Pero, el proceso va mucho más lejos. Cada deseo, o cada sueño, pues en realidad son la misma cosa y tienen una función consustancial, tienen un punto de partida, la percepción de las cosas y la sensibilidad que ellas determinan en nuestro ánimo, y un punto de llegada, el aspecto realización o cumplimiento de las mismas. Punto de partida y punto de llegada van constituyendo una esfera de poder radioactivo regido por la ley de los ciclos, que aprisiona la conciencia y le impide percibir superiores estados de paz y de armonía. El proceso se realiza siempre en forma circular o esférica y la conciencia encerrada dentro del área de sus deseos, sufre y se desespera hasta la plena consumación de sus objetivos.
    Algunos de tales deseos son consumados en vida, otros, por el contrario, sólo pueden ser satisfechos en el Devachán, una vez finalizado el ciclo de la existencia física, cuando el alma, o conciencia, liberada de los vehículos groseros que la aprisionaron en vida mortal “vive y goza del fruto de aquellos deseos que nunca pudo cumplimentar ni exteriorizar”. La vida es ciertamente bella allí, en aquel santuario de satisfacciones y delicias que cada cual ha ido fabricando con el sutil material de sus más puros deseos e imaginaciones.

    Tal es en realidad el CIELO de los cristianos, concepto con el cual estamos desde niños familiarizados, un destello del Nirvana de los budistas, una pequeña aunque muy directa insinuación de aquel estado de liberación que deberá alcanzar el hombre como Meta infinita de todas sus existencias temporales y para reflejar en su vida la Gloria de Dios manifestada.

    V.B.Anglada



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