Viviendo el gran misterio.

Varios/Otros


En una entrevista radiofónica que hice recientemente hablamos sobre la importancia de volver a contar historias y de crear mitos, sobre todo en épocas como esta, cuando las cosas parecen tan sombrías.

Las leyendas de los nativos americanos a menudo se refieren al Creador como a una mujer anciana. Una de mis historias favoritas trata sobre una anciana que vivía en una cueva. Me gusta mucho la versión de ella que el mitólogo y narrador Michael Meade incluye en su libro “Por qué el mundo no se acaba”.

Los ancianos de las tribus conocían una cueva especial que encerraba el conocimiento sobre todas las maravillas del mundo y los secretos de su funcionamiento. Incluso ahora, algunos nativos aseguran que la cueva del conocimiento sigue existiendo y que es posible visitarla. Dicen que está escondida en la pared una montaña, “No muy lejos”, afirman… aunque parece que ya nadie sabe cómo encontrarla. A pesar de las carreteras, los caminos y vericuetos que pueblan la superficie de la tierra, a pesar de los mapas que intentan definir con detalle cada zona, parece que ya nadie sabe encontrar la antigua cueva. “Es una lástima”, dicen, porque en la cueva podríamos encontrar claves importantes sobre cómo actuar en tiempos oscuros, cuando el equilibrio del mundo se aleja del orden y se desliza hacia el caos.

En esa cueva vive una anciana a quien no le afecta el paso del tiempo, ni la confusión, ni los problemas cotidianos. Ella se ocupa de otras cosas; posee una profunda visión y un sentido más amplio de lo que significa el tiempo. Pasa la mayor parte del día tejiendo en la cueva, donde juegan las sombras y las luces. Quiere tejer la prenda más hermosa jamás se haya visto, cosa que lleva haciendo desde hace mucho, y ya ha llegado a los flecos que rematan la magnífica capa. Quiere que sean flecos especiales, que tengan un propósito y sean elegantes, por eso los teje con púas de puercoespín. Le gusta usar materiales chocantes como adornos, porque se recrea en ver la vida desde ópticas diferentes y en poner las cosas del revés.

Para poder usar las púas de puercoespín tiene que alisarlas una por una mascándolas con los dientes, que se han ido desgastando con los años hasta que apenas sobresalen de las encías. Aun así, la anciana sigue mascando las púas y continúa tejiendo.

Únicamente interrumpe su trabajo para remover una sopa humeante que calienta en un enorme caldero al fondo de la cueva. El viejo caldero cuelga sobre un fuego que lleva encendido desde siempre. La anciana no recuerda nada anterior a ese fuego; tal vez sea lo más antiguo de su mundo. De vez en cuando, recuerda que debe remover la sopa que burbujea sobre las llamas. Porque ese caldo contiene todas las semillas y las raíces que más tarde se convertirán en granos, plantas y hierbas que crecerán sobre toda la superficie de la Tierra. Si la anciana dejara de remover el caldo, el fuego secaría sus ingredientes y eso acarrearía muchos problemas.

Así que la anciana reparte su tiempo entre tejer su exquisito manto y remover esa sopa elemental. De alguna manera, ella es la responsable de hacer que todas las cosas se interconecten y también de removerlo todo. Siente cuando llega el momento de dejar de tejer y de remover las cosas. Entonces deja el tejido en el suelo de la cueva y se pone a remover la sopa. Debido a su edad, está cansada de sus labores y se mueve lentamente, por lo que tarda un buen rato en llegar hasta el caldero.

Mientras que la anciana se dirige al fondo de la cueva, un perro negro observa cada uno de sus movimientos. El perro siempre ha estado ahí. Parece que duerme, pero se despierta en el momento en que la vieja tejedora pasa de una actividad a otra. Cuando se levanta a remover la sopa de las semillas, el perro negro se acerca al tejido que descansa en el suelo de la cueva. El perro engancha con los dientes un hilo suelto y empieza a tirar de él, hasta que la hermosa prenda empieza a deshacerse. Como cada hilo está entretejido con otros, cuando tira de uno empiezan a deshacerse todos los demás. Mientras la anciana remueve el caldo, el manto queda destrozado y se convierte en un amasijo sin sentido en el suelo.

Cuando la anciana vuelve a retomar su tarea descubre que, donde había una prenda de gran elegancia y belleza, sólo queda caos. El manto y los flecos que había tejido con tanto esmero han quedado reducidos a una madeja de hilos deshechos; todo su esfuerzo no ha servido de nada. Observa en silencio los restos de lo que fue una hermosa creación; no sabe de la existencia del perro negro.

Después de un rato, la anciana se inclina, toma un hilo suelto y comienza a tejer desde el principio. A medida que teje hilo tras hilo de la madeja desecha, imagina la prenda más hermosa del mundo. Mientras teje, nuevas visiones y elegantes diseños se forman en su mente y sus viejas manos van dándoles forma con destreza. Pronto se olvida del manto que había tejido para concentrarse en capturar el nuevo diseño, con la intención de tejerlo y convertirlo en la prenda más hermosa que el mundo haya visto”.

Es una historia extraordinaria, ¿pero se trata sólo de una historia? A veces, por razones que no podemos explicarnos, las cosas se vienen abajo y se desmoronan. Otras culturas nos cuentan estas historias para recordarnos cómo lidiar con los problemas y las dificultades. Según los personajes de la historia, se llaman “Tiempos del Perro Negro” a periodos como los que estamos viviendo ahora: la parte importante y necesaria del ciclo en la cual el mundo se altera y se renueva a sí mismo. Si el mundo no fuera así, dejaría de existir; debe involucionar para poder evolucionar después. El perro negro no es enemigo de la anciana, es su compañero, y a veces nos pide que encontremos una nueva visión de vida. Mientras todo se deshace el perro se hará más insistente, por lo que es importante que prestemos atención a lo que se nos presenta sin esperar a que todo penda de un hilo.

Actualmente nos encontramos entre dos ciclos: entre el desmoronamiento de la realidad tal como la conocíamos y la regeneración del nuevo diseño que la Tierra desea manifestar. Por ese motivo, a veces nos sentimos desorientados, fuera de lugar o, incluso, deprimidos. Nos guste o no, tenemos que aprender a vivir con el caos, la confusión y la incertidumbre. Los antiguos sabios tenían muchas historias que les ayudaban en tiempos difíciles. Creían que la cueva del conocimiento existía dentro de cada alma humana, y que cada alma estaba imbuida con cualidades específicas que ayudarían a crear el nuevo tejido del mundo. Vivir el Gran Misterio significa aceptar los giros cósmicos, las tareas que cambian y que todo continúa.



por Pepper Lewis –
21 de Febrero 2020
Traducción: Rosa García
Pepper Lewis & The Peaceful Planet, 1999-2020
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2 Comentarios de lectores

16/03/2020

Una historia profunda, con una verosimilitud sorprendente. Hace un paralelo con las acciones de nuestro día a día, con lo que creemos imposible de enmendar, pero basta el intento de recomenzar y ahí está la solución.
Sí además, me deja pensando en los dos personajes que hace mención, la mujer anciana y su perro negro, me pregunto qué significado puede tener para mí, pues soy una mujer de 71 años y que tiene un perro negro y que eligió leer hoy esta historia.
Raquel


Raquel desde Peru

15/03/2020

Interesante, conocimiento que muchas veces ignoramos y usteees nos aclarado todo, gracias ????


Rosa desde Chile