Entendiendo la asertividad. III

Varios/Otros


La asertividad permite una mejor defensa psicológica y nos hace más seguros.

Cuando somos asertivos, se reduce la discrepancia entre el yo real y el yo ideal. Cada vez que ejecutamos una conducta asertiva se genera una retroalimentación, que nos dice: “Fuiste capaz”. Sube el yo real.

Cada vez que ejercemos el derecho a expresar nuestras opiniones y sentimientos, el yo real crece, se afianza, se descubre a sí mismo, se asombra de sus capacidades. Y, entonces, el yo ideal no se ve tan lejos.

Una analogía que describe adecuadamente el estilo asertivo es la del campeón de karate. Si el karateca ha internalizado correctamente su aprendizaje, sólo lo utilizará en defensa propia y cuando sea estrictamente necesario, pero sabe que posee la habilidad. El esquema nuclear de toda persona asertiva es de fortaleza, de seguridad. Es lo opuesto a la trama mental del dependiente, que todo el tiempo cree que es débil y que deben protegerlo para sobrevivir. La asertividad y el entrenamiento en habilidades sociales es uno de los tratamientos complementarios más utilizados para pasar de la debilidad percibida a la fortaleza percibida.



La asertividad facilita la libertad emocional y el autoconocimiento.

Una de las áreas de acción más interesantes y prometedoras de la psicología aplicada es la psicología preventiva, cuyo objetivo es anticipar las dolencias psicológicas y promocionar la salud física y mental. De allí nace la autoayuda seria y profesional.

Dentro de este esquema de prevención, la asertividad nos ayuda a experimentar e integrar las emociones a nuestra vida. Cuando expreso lo que pienso y siento, libero la mente y sano mi cuerpo. Me doy la oportunidad de observarme a mí mismo en relación con los otros, me descubro y me comprendo en cada acción y reacción del intercambio. Las investigaciones que muestran que la expresión asertiva de la ira, y de las emociones en general, permite prevenir enfermedades y mejorar la calidad de vida.

Las personas emocionalmente inhibidas y no asertivas, como por ejemplo las que utilizan un estilo represivo de afrontamiento (“No quiero sufrir más”) o un patrón alexitímico (“No entiendo las emociones”), son incapaces de relacionarse con el mundo afectivo exterior e interior. Sin inteligencia emocional y sin asertividad, no podemos disfrutar la vida, ni comprenderla.



La asertividad ayuda a resolver problemas y mejorar la comunicación.

La asertividad permite relaciones más funcionales, más directas y auténticas. Es un método de comunicación por excelencia, en el que la honradez y la transparencia son determinantes. Ésa es la razón por la que se utiliza frecuentemente en terapia de pareja o en el desarrollo de las habilidades comunicativas.

Pablo era un hombre que nunca decía lo que pensaba, si ello implicaba confrontación. Era solitario y muy reservado. Su mujer, por el contrario, era ruidosa, exigente e hiperactiva. Durante veintidós años vivieron una relación incompleta. Ella esperando el milagro de que su marido expresara emociones, y él, anhelando una sordera que le permitiera no escuchar más las quejas de su mujer.

Él asistió a mi cita porque su esposa le había dado un ultimátum. Los requerimientos de la mujer podían resumirse en dos puntos básicos: más comunicación verbal y más sexo. Después de varias sesiones, ya que a Pablo le costaba expresar sus sentimientos, encontramos que gran parte del problema se originaba en su inasertividad. La incapacidad de expresar sentimientos de oposición había alimentado su resentimiento y perpetuado la mala relación.

La señora mantenía una cantidad de “prohibiciones” a las cuales Pablo venía accediendo desde hacía veinte años sin rechistar, para “evitar tener más problemas”. Entre otras exigencias, la lista incluía: no leer el periódico en la mesa, acostarse antes de las nueve para ver la telenovela con ella, no llegar tarde a la casa, no jugar al billar (porque era de “gente baja”) y no encerrarse a oír música “popular” (le permitía sólo oír música “culta”).

Pablo había optado por la estrategia del atragantamiento: no decir nada, enojarse y luego vengarse. Como sabía que la comunicación verbal para ella era importante, practicaba el mutismo electivo, y como además la mujer era ardiente, sólo abría las compuertas del sexo una vez al mes, si acaso.

Le expliqué que la mejor manera de eliminar el rencor y replantear nuevamente la relación (nunca es tarde) era utilizar la asertividad, aunque al principio se incrementaran las disputas. A través de diversas técnicas el hombre se preparó para ser asertivo y no acceder a las exigencias injustas de su esposa.

Pablo comenzó a utilizar la negación empática (decir “no” de manera respetuosa, sin gestos amenazantes y con un tono de voz moderado), seguido de una explicación directa y concreta de por qué se negaba a seguir sus órdenes. El primer enfrentamiento ocurrió cuando él se sentó a leer el diario por la mañana. De inmediato, ella le llamó la atención e intentó quitarle el periódico. Entonces Pablo se defendió y contestó con tono firme, pero no agresivo: “No importa lo que digas, yo voy a leer de todas maneras. Para mí es importante hacerlo. Puedes enojarte, si quieres, pero voy a seguir leyendo”. La mujer se levantó furiosa, arrojó su taza de café con leche al piso y se retiró indignada. Pablo se concentró en su lectura. Por la noche, cuando ella acomodó la cama para que se acostaran a ver la telenovela, él le dijo que prefería ir a escuchar música, ella preguntó qué tipo de música y él respondió que iba a oír música popular. Ella soltó un gemido, apagó el televisor y durmió enroscada.

Así, uno a uno, los comportamientos de Pablo fueron demarcando el territorio de sus derechos y controlando los ataques de su esposa. Finalmente, al cabo de tres largos e interminables meses de guerra fría y no tan fría, ella decidió romper el silencio y hablar sobre el asunto (todos tenemos un límite de resistencia). Para su sorpresa, encontró un marido abierto al diálogo, mucho menos prevenido y dispuesto a resolver los problemas de manera franca y asertiva. El silencio castigador y la indiferencia sexual, que Pablo tanto había utilizado en el pasado, ya no eran necesarios.

Los problemas interpersonales sólo pueden resolverse si se dispone de toda la información relevante, es decir, lo que en verdad pensamos y sentimos. Una buena comunicación debe, necesariamente, ser asertiva.



Los derechos asertivos

EL TEMA DE LOS derechos asertivos es el punto central, el primer requisito, a partir del cual sabremos si debemos reaccionar asertivamente, o no. Por ejemplo, si alguien considera que sus derechos son innumerables, y que, además, todos ellos son no negociables, es probable que la necesidad de protegerse se incremente desproporcionadamente: habrá muchas cosas que defender. Es el caso del agresivo, el quisquilloso, el obsesivo, y algunos desórdenes de la personalidad.

Si por el contrario, se piensa que todos los derechos son negociables y se reduce su número a la mínima expresión, casi con seguridad el comportamiento asertivo ocurrirá muy esporádicamente o nunca. Es el caso de las personas sumisas con baja autoestima o de aquellos individuos, que por sus creencias religiosas o de otra índole, deciden entregarse a una “misión de vida” en la que los otros son más importantes que él.

Cabe preguntarse, si en estos casos podría hablarse de una especia de “inasertividad trascendental”. Por ejemplo, ¿sería correcto decir que Francisco de Asis fue “inasertivo”?, pienso que no. ¿Pero qué podríamos decir de las resignadas abuelas que permitían el maltrato de sus maridos porque creían que ellos tenían más derechos que ellas? Pienso que tenían más de oprimidas que de santas.

Un sumiso feliz de que lo exploten, que haga gala del mayor masoquismo y que se recree en la miseria humana, como los personajes de Dostoyevski, sería una inasertivo egosintónico, es decir, sintonizado con su deficiencia y dichoso de ser como es. El riesgo de asumir esa posición es quedarnos anclados en el déficit y nunca alcanzar la mejoría.

La mayoría de las personas sumisas, cuando se las interroga por sus derechos, se sienten desconcertadas porque no están acostumbradas a pensar en esos términos. Por lo general, creen que no merecen tenerlos (“Soy poca cosa para exigir”), que no les corresponde a ellos (“No es correcto que yo me comporte asertivamente”) o simplemente no saben que los tienen (“Nunca había pensado en eso, no tengo idea de cuáles pueden ser mis derechos”).

Cuando le pregunté a una señora casada, el motivo por el cual su marido podía dormir la siesta y ella no, me contestó que eso era “lo normal” en su familia. Y cuando le pedí que me diera una explicación de por qué dormir la siesta era un privilegio exclusivo de su esposo, la confusión fue tal, que sólo se limitó a decir: “Es hombre”.

Un joven que pagaba una pensión barata mientras hacía su carrera de medicina era incapaz de exigir calidad en la comida que le daban porque tenía la creencia de que en los lugares de poca categoría la comida necesariamente debía ser mala, y que por lo tanto, no estaba “permitido” exigir que se mejorara la alimentación:

“Eso es para los ricos”, me dijo en cierta ocasión.

Una anciana que era literalmente agredida por su hijastro, después de ocho días de pensar en sus derechos, llegó con un contundente: “No sé”. Cuando le pregunté qué opinaba sobre su derecho a ser respetada en su integridad física o a ser libre, me respondió encogiendo los hombros: “Eso no es para mí, doctor”.

La tarea de reconocer cuáles son los derechos asertivos personales no es fácil. A veces la mejor manera de encontrarlos es ver cuáles defienden las demás personas, imaginarse a uno mismo en una situación conflictiva y/o autoobservarse en las relaciones interpersonales cotidianas para detectar cuándo y cómo aflora la indignación.

La indignación puede definirse como un sentimiento de cólera ante la injusticia. Cuando sentimos una oleada de ácido clorhídrico en el estómago, cuando se nos va la voz o nos ponemos rojos de la rabia, cuando no podemos pegar el ojo pensando en lo que nos hicieron, cuando una fuerza interior desconocida nos impide olvidar, es probable, aunque no definitivo, que estemos frente a un derecho vital.



Los derechos son valores

Recordemos que las personas inasertivas tienen a menospreciar los hechos como “poco importantes”, aunque revienten por dentro. Ante el abuso, siempre se siente indignación, pero podemos convertirla en agresión autodestructiva, minimizarla, reprimirla o esconderla en los recovecos de la justificación pusilánime. Reproduzco un diálogo que tuve con una joven universitaria cuando se enteró de que su novio le era infiel.

Ella:Ésa es su naturaleza… No lo voy a cambiar… Me disgusta que sea así, pero a la hora de la verdad todos los hombres son iguales.

T (Terapeuta): ¿Estás de acuerdo con la infidelidad?
Ella:No.
T:Pero aceptas que él sea infiel.
Ella:¿Y qué puedo hacer?
T:Decirle que no estás de acuerdo.
Ella:Eso no va a hacer que él cambie.
T:No importa, estarías ejerciendo el derecho a manifestar tu desacuerdo.
Ella:Y con eso, ¿qué?
T:¿No piensas que mereces una pareja fiel?
Ella:Pues, sí…
T:¿Entonces?
Ella:Entonces, nada.
T:¿No crees que tienes el derecho a ser tratada con respeto?
Ella:No sé, a lo mejor no es un derecho…
T:¿Qué cosa?
Ella:La fidelidad.
T:¿Prefieres aceptar que te sea infiel a correr el riesgo de perderlo?
Ella:No tengo opción.
T:Sí la tienes.
Ella:No voy a hacerlo.

La fidelidad no era para ella un valor verdadero, sino un valor conceptual y ambiguo, pues en la práctica, en el contexto real de su relación afectiva, toleraba el engaño. El sentimiento de indignación, si es que existía, estaba oculto o reprimido.

Cuando el derecho es considerado efectivamente como un valor, se convierte en algo visceral, se siente en cada rincón del cuerpo, nos recorre por dentro y nos eriza la piel, se nos sale de las manos y explota frente a nuestras narices. Algunos filósofos de la ética han sostenido que los valores son motivaciones esenciales, intereses radicales y extremos, que irremediablemente nos impulsan a comportarnos en concordancia con ellos y a defenderlos.

No obstante, esta “fuerza de combate” psicoafectiva, puede verse bloqueada. Si el miedo aparece, los derechos pueden empezar a tambalearse, a confundirse, o incluso a doblegarse. Cuando Krishnamurti decía que el miedo corrompe, se refería justamente a este fenómeno de inhibición recíproca, en el que el más profundo convencimiento parece perder validez ante el temor: el peor enemigo de la convicción es la adrenalina.

Debido al apego afectivo, mi paciente prefirió resignarse a la infidelidad antes que asumir el riesgo de perder al hombre que supuestamente amaba. Pudo más el miedo y el “antivalor”, que los principios y la asertividad.



¿Cuántos derechos hay?

Aunque suelen ser fundamentalmente idiosincrásicos (cada cual define sus propios derechos), los manuales de asertividad y la experiencia clínica han logrado establecer un grupo de “universales asertivos”, que si bien no agotan el tema pueden servir de orientación para los que quieran comenzar a explorar el asunto. Presentaré una síntesis extraída de varias fuentes:

El derecho a ser tratado con dignidad y respeto.
El derecho a experimentar y expresar sentimientos.
El derecho a tener y expresar opiniones y creencias.
El derecho a decidir qué hacer con mi propio tiempo, cuerpo y propiedad.
El derecho a cambiar de opinión.
El derecho a decidir sin presiones.
El derecho a cometer errores y a ser responsables de ellos.
El derecho a ser independiente.
El derecho a pedir información.
El derecho a ser escuchado y tomado en serio.
El derecho a tener éxito y a fracasar.
El derecho a estar solo.
El derecho a estar contento.
El derecho a no ser lógico.
El derecho a decir: “No lo sé”.
El derecho a hacer cualquier cosa sin violar los derechos de los demás.
El derecho a no ser asertivo.

La lista personal de derechos asertivos es una lista móvil y autocorrectiva. Mantenerse en la tarea de revisarlos y estudiarlos nos da la posibilidad de aprender a detectar los más importantes. La vida se encargará de decirnos cuáles están de más y cuáles no.



Extracto de: CUESTIÓN DE DIGNIDAD
Aprenda a decir NO y gane autoestima siendo asertivo.
Autor: Walter Riso

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