El Descubrimiento.

Varios/Otros


3 - El Descubrimiento

De la rama más alta
desciende el canto del ruiseñor.
Sol cálido, brisa fresca,
cerca de las aguas, los sauces son verdes.

El buey aparece por fin.
No tiene sitio donde esconderse.
Su cabeza enorme, sus cuernos majestuosos,
¿qué pintor podría representarlos?

Has descubierto tu camino mediante la Audición.
Los sentidos se armonizan.
Percibes el Origen de las diez mil y una cosas.

Lo sientes en cada uno de tus actos,
como se siente la sal en el agua
o la cola en el color
("ESTO" está presente,
aunque ESTO no sea un elemento separable del Todo).

Si tu mirada fuera totalmente pura,
si estuviera dirigida de manera justa,
descubrirías que tú y el Origen
no sois más que Uno.



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A fuerza de concentración, a fuerza de acecho, inspiración tras espiración, paso tras paso, zazen tras zazen, comida tras comida, instante tras instante, la verdadera naturaleza de la mente aparece poco a poco.

¿Qué es la mente?

Los cuatro primeros versos del maestro Kakuan expresan la aparición, el descubrimiento del buey:


"Desde la rama más alta
desciende el canto del ruiseñor.
El sol calienta, brisa fresca.
Allí donde hay agua crecen los chopos."


Habitualmente pensamos que la mente sólo se ocupa de funciones tales como pensar, crear atracciones, conceptos, categorías... Pensamos que la mente está dentro de nosotros, dentro de este saco de piel y huesos. Pero ¿en qué parte del cuerpo está la mente? Unos dicen que en el cerebro, otros en el culo. Algunos no tienen más inteligencia que la de su propio sexo.

El maestro Kakuan expone la aparición de la mente describiendo un paisaje, describiendo una serie de fenómenos considerados exteriores a la mente que ordinariamente se considera mente.

El color azul del cielo, las montañas que se pierden a lo lejos, el canto de las cigarras o el sonido de un avión es nuestra propia mente. Hasta que no lo percibamos así, no seremos capaces de descubrir la verdadera naturaleza de nuestra mente. Cuando esto sucede, se mire cerca o se mire lejos, todo se ve como si fuera uno mismo, y entonces el buey aparece, no tiene ningún lugar donde esconderse porque todo lo que percibimos, tanto lo que consideramos interno o lo que consideramos externo, es la mente, es la manifestación de la Mente Única.

La cabeza de este buey es enorme, sus cuernos son majestuosos, insuperables. Son cuernos que se extienden desde el Sistema Ibérico hasta Los Andes, desde el Polo Norte hasta la constelación de Andrómeda; su cabeza es más grande que la Vía Láctea; el universo entero es el cuerpo de la Mente Única. ¿Qué pintor podría representar a este buey? ¿Qué lienzos necesitaría para dibujar el cuerpo completo de nuestra verdadera mente?

Los comentarios de Kakuan dicen:

"Ya has descubierto tu camino mediante la audición.
Los sentidos se armonizan.
Ahora percibes el origen de las diez mil cosas; es el origen único. "


Esto es descubrir el camino mediante la audición, tener un satori o una Iluminación provocados por una sensación auditiva. En la historia del Zen hay muchos casos así, por ejemplo, el del monje que después de haberse pasado cerca de treinta años practicando en un monasterio bajo la dirección de un maestro, no conseguía alcanzar la comprensión, la Iluminación, no conseguía ver al buey. Entonces, desilusionado, desesperado, se retiró a la montaña profunda, en la cual se hizo una choza de paja, y decidió dedicar todo su tiempo a practicar zazen. Así, pasaba los días sentado en zazen, en una inmovilidad total, y también trabajaba. Una mañana, durante el trabajo de limpieza, después del zazen del alba, se puso a barrer la puerta de su choza y la escoba impulsó un guijarro contra una caña de bambú que estaba cerca. La caña de bambú se rompió e hizo: ¡crac! En ese momento, al oír este sonido, algo hizo ¡crac! en su percepción auditiva, y de repente se abrió a la totalidad.

De pronto su mente se abrió como se abre una flor a la salida del sol. Y así, mediante la audición del sonido, este monje, cuya mente estaba madura después de treinta años de práctica de retiro intensivo de meditación armonizó sus sentidos.

¿Qué quiere decir "armonizar los sentidos"? Quiere decir que dejamos de percibir la realidad en tanto que objetiva y subjetiva. Usualmente pensamos que el sujeto está aquí, dentro de nuestro caparazón, y que el objeto está fuera. Por ejemplo: aquí están las orejas y ahí fuera están los sonidos; o bien, aquí están los ojos y ahí fuera están las formas, los colores. Y de igual manera con los restantes órganos de los sentidos. Esta es la forma dualista de percibir el mundo que consiste en considerar un exterior y un interior. Pero esto es una visión muy limitadora.

En el momento en que se produce el crac de la mente ordinaria y el buey aparece y descubrimos la verdadera naturaleza de nuestra mente, entonces nos damos cuenta de que la mente no tiene derecho ni revés, ni interior ni exterior. La mente es absolutamente todo lo que existe en este momento, incluyendo objetos sensoriales y sujeto que percibe esos objetos sensoriales, esto es, los sentidos, las conciencias sensoriales se armonizan en un Todo, se funden en un Todo Único. Incluso no podemos decir exactamente dónde está la separación entre los sabores y los sonidos. Percibimos la realidad sensorial como un Todo.

Los poetas son personas muy sensibles, sienten y plasman esta percepción mediante un fenómeno llamado sinestesia, que consiste en decir por ejemplo, que un olor es amargo o que un color es fresco o lejano. En la percepción unitaria las conciencias sensoriales se armonizan entre sí y dejan de ser esferas o universos de palabras. De hecho, basta quedarse un rato en silencio para darse cuenta de que aquí y ahora todos los fenómenos sensoriales aparecen juntos al mismo tiempo indistintamente. Y que es la mente analítica la que dice después: "Esto es un sonido, esto es un olor, esto es un color blanco o verde". Pero cuando la mente se abre a lo indiferenciado se percibe el origen único de los diez mil fenómenos, y este origen único no es otro que la Mente Única.

Así es como se descubre por primera vez al buey: se descubre la naturaleza de la mente, de la propia mente. Y esto no es algo que se sienta de una manera intelectual, sino en cada uno de nuestros actos, de la misma forma que la sal se siente diluida en el agua.

El buey o la mente están ahora aquí presentes, y cuando lo sentimos, no podemos decir qué es, por dónde empieza y por dónde acaba. No podemos nombrarlo, definirlo, no podemos decir qué es y qué no es. Como la sal disuelta en el agua. Sabemos que hay sal pero no podemos definir su sabor.

Presentimos la presencia del buey, de la mente o simplemente de algo grande, pero no podemos decir qué es. Sin embargo, es posible experimentarlo. Por eso, todos los maestros y sabios de todas las tradiciones han dicho que la realidad última es inefable, es inexpresable, indefinible.

En el Sutra de la Gran Sabiduría se dice: "No es esto ni eso ni aquello..." Dice todo lo que no es, pero porque no se puede decir nada de lo que es. Y sin embargo, está aquí. Es decir, esto no es un elemento separable o extraíble del todo.

Hace poco, alguien se fue muy decepcionado de una sesshin porque decía que no había encontrado la Verdad. Y yo le dije: "La verdad que tú buscas ¿cómo es? ¿qué forma tiene? ¿es cuadrada, redonda, blanca, grande, masculina o femenina?" Y él me contestó: "Pues, la verdad, no lo sé."

Efectivamente la verdad no es algo separable del todo, ni siquiera de la mentira. La verdad auténtica influye tanto en lo que nosotros consideramos verdadero como en lo que nosotros consideramos falso. La verdad no está concernida por ningún concepto.

Algunos dicen: "Yo llevo diez años practicando Zen y todavía no poseo el satori." Y yo les digo: "Muy bien, tu práctica va por buen camino, es totalmente correcta." Porque el satori es imposible de poseer. En todo caso podemos decir que nosotros somos poseídos por el satori, que el ojo del satori se ha despertado y nos ha visto a nosotros. No penséis que el satori o el buey es algo que vais a descubrir. La experiencia se trata, más bien, del descubrimiento que hace el buey cuando nos mira: "He aquí que el buey me está mirando. He aquí que yo soy el buey." Yo soy el buey, esto es, la mente universal.

"Si tu mirada fuera totalmente pura, si estuviera dirigida de una manera justa", escribe el maestro Kakuan, "descubrirías que tú y el origen no sois más que uno."

Es muy interesante esta manera de expresarse: "Si tu mirada fuera totalmente pura." ¿En qué consiste la pureza de la mirada? Hay, desde luego, muchas clases de miradas. Percibimos el mundo dependiendo de la forma de mirarlo.

La pureza de la mirada consiste en dirigirla de manera justa. Esto es lo que tratamos de hacer durante zazen: aprender a dirigir la mirada que lanzamos al mundo y a nosotros mismos.

¿Cómo debemos mirar al mundo?

En primer lugar, debemos tomar conciencia de cómo lo miramos actualmente. Hay tantos mundos como maneras de mirarlo, de hecho, los mundos que percibimos, los percibimos de una forma determinada, por la calidad de nuestra mirada. Esas maneras de mirar son la manifestación de la mente limitada, de nuestro karma. Este karma condiciona la percepción del mundo, nuestra manera particular de mirar el mundo. No existe una realidad única. Existen tantas realidades como perspectivas de ella. La realidad depende del ángulo desde el que se la mire. La realidad es como un diamante con muchas caras. Si miramos una cara vemos ese aspecto de la realidad; si miramos otra cara, vemos otro aspecto de la misma realidad.

¿Cómo desarrollar una mirada, una visión total globalizada? No aferrándose a ningún aspecto de la realidad, mirándola con una conciencia y con una mirada periférica.

Hay muchas maneras de mirar con los ojos físicos. Si cada vez que miramos definimos y clasificamos los objetos, nuestra conciencia visual es atrapada por las formas de los objetos, por los colores, y obtenemos, por tanto, tan solo una visión limitada por las formas de los objetos como entes separados. Sin embargo, durante zazen, la mirada se posa simplemente, sin fijarse en nada en concreto. De esta manera se produce un desapego de las formas y uno comienza a ver de una forma global, uno comienza a ver el conjunto.

En las artes marciales, por ejemplo, el combatiente no debe fijar su mirada en ningún aspecto concreto del cuerpo de su adversario: ni en los ojos, ni en la nariz, ni en las manos, ni en la cabeza. Debe desarrollar, por el contrario, una mirada periférica capaz de percibir la totalidad. La totalidad quiere decir la forma física, el movimiento de la forma física, pero también la intención del corazón, las fluctuaciones de la mente. Es así como, incluso antes de que el adversario inicie un movimiento físico, éste ya ha sido percibido a nivel vital e invisible. Esto es un ejemplo de mirada periférica. Algunas personas se quedan mirando con una mirada fija, poco flexible. Se quedan mirando a los ojos como mariposas cuando ven la luz de una vela. Se quedan atrapados.

¿Cómo percibir la totalidad? No deteniéndose en los aspectos concretos, no dejando que nuestra percepción sea atrapada por aspectos parciales de la realidad. A veces nos quedamos fijos con un pensamiento como: "Esto del Zen es muy duro." Pero zazen no es sólo sufrimiento. A veces aparece el dolor, a veces no aparece el dolor. A veces aparece la tranquilidad de ser lo que se es ahora. Zazen no es una mortificación, pero hay que tener paciencia. Al buey no se le puede encontrar en cuatro días de práctica de zazen. Es necesario hacer zazen continuamente durante años para descubrir este buey, para capturarlo, para domarlo. Poco a poco. Sólo de esta forma zazen deja de ser una mortificación y se convierte en un auténtico gozo, en una verdadera felicidad de valor incalculable: la felicidad de ser lo que se es ahora tal y como se es.

Cuando vivimos este gozo de ser durante zazen realmente todo está bien. Pero pueden aparecen sensaciones, percepciones distintas, recuerdos, pulsiones, tendencias emocionales... Y tendemos a identificarnos exclusivamente con esto. Pero basta tener un poco de paciencia para que esto pase y se transforme en otra cosa. Entonces la realidad adquiere otra forma, otro aspecto, y entonces la vemos de otra manera.

¿Qué es el mundo realmente? Depende de lo que miremos y depende desde dónde miremos. ¿Qué es el dolor? ¿El dolor es en sí mismo intrínsecamente malo? Depende. A veces el dolor puede ser un gran maestro capaz de mostrarnos una enseñanza muy valiosa... El dolor no enseña con palabras ni con frases. Enseña con hierro ardiente y su enseñanza permanece clavada en la médula. Cuando uno está aferrado a un hierro ardiente, experimenta mucho dolor y ese dolor nos está diciendo: "suelta, suelta, suelta." Ahí no intervienen palabras. Uno suelta o no suelta.

Así, cuando estamos sentados en zazen, encerrados en nuestro dolor, aferrados a nuestras emociones, el dolor nos está diciendo: "suelta, suelta, suelta." Lo que ocurre es que somos un poco duros de oídos y necesitamos, tal vez, muchas lecciones para aprender finalmente a soltar.

Por eso zazen no es una vía de mortificación. Zazen es una vía que enseña a mirar de forma correcta cada cosa, entre ellas el dolor, que aparece y desaparece en nuestra mente.

Estamos siguiendo las huellas del buey y hemos llegado hasta el descubrimiento. Aún nos queda la captura, el camino de retorno, sólo y sin memoria, algo más que nada, y la vuelta al mercado a comer.

Esta es la Tierra Pura del Buddha.

Todos los seres vivientes moramos en el nirvana final. Por esto, el Budismo Mahayana nos enseña que ningún ser viviente puede entrar en el nirvana, ya que originalmente nunca nadie ha salido de él. El nirvana es el estado de gozo completo en el que el ser se complace en el Ser.

Zazen no es una Vía de mortificación para machacar nuestro cuerpo o nuestra mente. El Zen es la Vía de la felicidad última. Zazen es la práctica fundamental que nos hace despertarnos al hecho de que esta felicidad última existe aquí y ahora, que vivimos en ella, que somos ella.

Gracias a la práctica continuada de zazen, la espesa capa de nubes de nuestra ignorancia va disolviéndose poco a poco, hasta que vemos clara la luz del sol que nunca dejó de brillar. El sol existe en nosotros mismos aunque a veces no seamos capaces de percibirlo. Por eso, durante zazen, no se trata de conseguir nada, de alcanzar nada, de ir a ningún sitio. Simplemente nos quedamos aquí observando lo que aparece en nuestro campo de conciencia. Si aparecen nubarrones negros, no huyáis, no luchéis contra ellos, no tratéis de liberaros desesperadamente de vuestro infierno personal. Simplemente observad. Haced de vuestra atención un rayo láser penetrante que os permita llegar hasta el corazón mismo de vuestra naturaleza infernal. Si lo hacéis así, tarde o temprano penetraréis en el corazón de vuestro karma y os daréis cuenta de que, por muy despreciable que pueda parecer este karma, originalmente es idéntico al karma del Buddha.

En el Budismo se dice que todos los seres son por naturaleza Buddha. El estado de Buddha existe ya en el sustrato de nuestra conciencia. Desde este punto de vista, el mundo y todos los seres vivos son hermosos tal y como son ahora. Desde el punto de vista de la conciencia ordinaria, hablamos de perfección, de evolución, de llegar a ser, de convertirnos en...

Pero zazen no es una vía para convertirse en nada. No hay que llegar a ser Buddha. Ya lo somos. Simplemente debemos sentarnos y dejar que la naturaleza de Buddha se exprese por sí misma.

Este es el punto fundamental en la práctica de zazen: tener fe en la propia naturaleza de Buddha, tener fe en la bondad de la existencia humana. Y tener fe significa fundirse con la naturaleza de Buddha.

Dejad que los fenómenos aparezcan y desaparezcan como nubes en el cielo de vuestra conciencia.

Esta es la Tierra Pura de Buddha, este es el nirvana viviente.




Extracto de La Doma Del Buey
LAS DIEZ ETAPAS DEL DESPERTAR
SEGÚN EL MAESTRO ZEN KAKUAN SHIEN
Traducción y comentarios de Dokushô Villaba

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