Principio de redención y misterio iniciático de ascención.

V.B. Anglada


La corriente de vida iniciática o solar introducida en cualquier tipo de forma organizada propicia, en cada una de las infinitas células que la constituyen, un superior cambio de ritmo vibratorio. Es como si afirmásemos que el impulso de vida angélica penetra en el interior de cada célula viva extendiendo su poder en ondas gravitatorias cada vez más extensas hasta llegar a un punto extremo en donde se produce la desintegración o la rotura del cuerpo de la célula permitiendo a la pequeña vida que la animaba liberarse y buscar automáticamente un cuerpo celular más sutil y más delicadamente organizado que le permita iniciar un nuevo y más elevado ciclo de vida.

Hay que suponer pues, de acuerdo con el principio de que todo cuerpo ocupando un lugar en el espacio es virtualmente una modificación etérica de la energía, que este proceso de evolución celular que rige a todas las formas de la Naturaleza, es una actividad netamente angélica, debiendo suponerse la existencia de incontables jerarquías dévicas velando el orden de adaptación de la vida a cualquier tipo de forma en no importa qué nivel expresivo o plano de manifestación.

El principio de redención, técnicamente descrito, es un proceso incesante de infusión de vida cada vez más amplia e incluyente en el seno de las formas obligando a éstas a sufrir cada vez más elevados cambios de ritmo hasta llegar a ciertos extremos límites en los que la evolución interna que anima a las células es superior a las capacidades de resistencia de la forma en la que están incorporadas, determinando entonces una potente crisis de adecuación o reajuste que al no poder ser debidamente asimilada produce la desintegración de la forma condicionante y "siendo diluidos sus infinitesimales fragmentos en el espacio y convirtiéndose nuevamente en éter".

Así el paso que va de la esencia a la sustancia y el inevitable retorno de la sustancia a la esencia o al éter primordial es técnicamente REDENCIÓN, teniendo presente que la presión ejercida por cualquier centro de conciencia encerrada en los límites impuestos por determinado tipo de forma dinamiza todo su contenido celular cualificándolo y poniéndolo en sintonía con las energías de un nivel superior. Los elementos etéricos o angélicos volverán así periódicamente a su sede de procedencia, el Espacio, pero jamás volverán a ser como antes de haber desempeñado una determinada función en cualquier tipo de forma por cuanto habrán elevado considerablemente su sintonía. Por lo tanto, el incesante fluir de las energías de la vida y de la conciencia a través de las formas es el constante precursor de un orden nuevo, un proceso ininterrumpido de redención que tiene lugar en el inmenso laboratorio de la Naturaleza tomando como base el más insignificante átomo químico del cual se nutre el más complejo cuerpo celular.

Veremos, pues, que hay una muy estrecha relación entre el principio redentivo que cualifica a todas las formas creadas con un tipo particular de luz y el proceso iniciático, el cual, por su naturaleza, es una representación vital de la vida del Creador tratando de ser consciente en todas y cada una de las formas creadas por el dispositivo infinito de su omniabarcante Conciencia. Ambos aspectos forman parte inseparable de un mismo Cuerpo de Misterios y el resultado de su intercomunicación es constante e invariablemente el mismo: infusión de luz en la sustancia, liberación del contenido sustancial de cualquier cuerpo celular y la conversión de dicho contenido en luz o éter cualificado. A medida que el éter que constituye la base sustancial o estructural del Universo va siendo utilizado se producen diversos efectos sustanciales en la vida de la Naturaleza y las formas representativas de las distintas especies en cada Reino son entonces más bellas y de más delicados tonos cromáticos.

Las huestes angélicas que operan sobre dichas formas son asimismo de más elevada jerarquía y el enorme potencial desarrollado llega con el tiempo a unos extremos límites que abarcan las fronteras de los Reinos convirtiéndose en potentísimos clamores invocativos de tal elevada trascendencia que, tal como esotéricamente se dice, "... llegan a herir los delicados oídos del Señor" y exigen de ÉL una inapelable respuesta. Tal es el caso de la trascendente invocación que se elevó un día desde ciertos estratos superiores del Reino Animal y la respuesta del Señor, que a través de aquella sagrada hueste de AGNISHVATTAS que llamamos "Ángeles Solares", convirtió a los hombres animales en seres humanos o aquellas otras invocaciones de carácter individual surgidas del Reino humano y que convenientemente atendidas por los Ángeles Solares, propician el paso del Alma humana al quinto Reino de la Naturaleza, el Reino de las Almas liberadas.

En el devenir del proceso de Redención considerado en su aspecto total, ha habido una infinita secuela de cambios de vibración o de ritmo operando sobre los cuerpos utilizados por las unidades de vida humanas y subhumanas con su inevitable consecuencia de incesante rotura y destrucción de formas que ha propiciado la liberación del espíritu en ellas contenido y la purificación del éter de la sustancia hasta determinar el adecuado punto de redención de la increíble cantidad de diminutas vidas dévicas especializadas que construyeron aquellas formas y que redimidas circunstancialmente del karma divino de su acción retornan al Éter primordial que constituye su vida, su morada y la fuente infinita de todas sus posibles expresiones. La Iniciación, sea cual fuere el nivel donde se produzca o realice, demuestra siempre determinado grado de cualificación de los éteres, la expresión de un destino de luz que se halla en la base mística de la Creación.

El Misterio iniciático de la Ascensión, al cual esotérica y místicamente se le concede una trascendente importancia, es la culminación en lo que a la vida humana se refiere del principio de Redención de la sustancia, estando debidamente representada por el fenómeno de agravitación mediante el cual los cuerpos físicos se tornan más ligeros por ser más liviana la composición etérica de los elementos que los constituyen y más pura y radiante la expresión de los centros de vida que habitan en tales cuerpos.

Así, el Misterio de la Ascensión se fundamenta en la cualidad etérica de los elementos que constituyen las formas, pero sin olvidar que esta cualidad es esencialmente espiritual y obedece al grado de luz angélica que cada elemento físico ha logrado asimilar por efecto de las potentes invocaciones que se elevan del centro de vida espiritual, dinamizando el entero contenido de la forma y preparando a cada unidad de conciencia informante de no importa qué tipo de átomo químico, célula o estructura molecular para una nueva y más radiante luz.

La luz, desde el ángulo esotérico, es el elemento menos pesado del Cosmos; de ahí su aquilatamiento a la expresión del Espíritu, el cual carece absolutamente de gravitación. Podemos asegurar, de acuerdo con la interpretación del Misterio llamado de la Ascensión, que en el mismo el peso específico de la gravitación es cero y no existe en el Alma del Iniciado cualidad gravitatoria alguna. Ésta se convierte en luz y se eleva por encima de la Materia la cual, por sus condicionamientos kármicos, contiene toda posible gravedad y es precisamente por esta circunstancia el agente kármico en la vida expresiva del Logos.

Hay siempre una natural infusión de luz en la sustancia, teniendo en cuenta que la luz en todas sus posibles modificaciones es energía angélica expresada a través de infinitas y diversas jerarquías, viniendo determinada esta jerarquía por la sutilidad de la luz, la cual, siendo esencialmente etérica, entra en la composición de todas las formas.

Podemos asegurar que las actividades angélicas son rigurosamente científicas, debiendo ser catalogados como de científicos todos los fenómenos que se realizan en los éteres espaciales de la Naturaleza, aunque la Ciencia de nuestros días no se haya decidido a penetrar ampliamente en sus vastísimos e ignorados campos de expresión. Para nosotros, que prescindimos en absoluto de conceptos tradicionales, las poderosísimas energías ocultas que actúan en la vida de la Naturaleza y a través de todo cuerpo organizado de sustancia se hallan en la base misma de la Creación y el luminoso rastro de su poder puede seguirse observando atentamente y en profundidad cualquier hecho aparentemente sobrenatural o milagroso del cual se haya hecho eco la tradición o la historia religiosa de la humanidad.

Tomemos, por ejemplo, la experiencia de "levitación" tal como la obtenían dos conocidos místicos españoles, Juan de la Cruz y Teresa de Ávila. Ambos convenían, según referencias esotéricas que nunca trascendieron de los archivos secretos de la fe religiosa, que "... era levantado hacia arriba por los Ángeles" (Juan de la Cruz) o "... me sentía arrastrada hacia arriba por una fuerza espiritual que sólo los Ángeles pueden ejercer" (Teresa de Ávila). En ambos casos el sentido místico tradicional añadía nuevos elementos de juicio a los misterios de la fe y de la religión al aludir al concurso directo de ciertas fuerzas angélicas, aparte de las genuinamente individuales, que actuaban como consecuencia o bajo el rigor de una potente invocación motivada por la propia intensidad de la fe o del intento espiritual y que determinaba ciertos efectos físicos como el de la levitación o ascensión, o simplemente de los de pérdida de peso tal como ocurre en el caso de la mediumnidad corriente.

Tales efectos vienen a corroborar nuestra afirmación de que el poder gravitatorio, en todas sus científicas expresiones, es una prerrogativa de estas fuerzas ocultas de la Naturaleza dévicas o angélicas. Estas fuerzas ocultas poseen la cualidad de comprimir y dilatar el Éter del Espacio utilizando los movimientos universales de contracción y dilatación del gran Corazón Solar del cual son, aparentemente, una misteriosa emanación. Se trata de una ley o un principio que rige también para el mundo espiritual en toda su grandeza y majestad y desde el principio de los tiempos la humanidad se ha sentido místicamente proyectada "hacia arriba", en dirección al Centro Coronario, o fatalmente "atraída hacia abajo", hacia el Centro de la base de la columna vertebral, siguiendo la fuerza centrífuga de la aspiración espiritual o la de gravitación centrípeta que procede de su naturaleza kármica.

Por todo ello, el proceso evolutivo de la humanidad será siempre la eterna lucha entre el poder gravitatorio inherente a todo tipo de sustancia material, o éter comprimido, y la cualidad ascensional que posee toda alma o expresión de conciencia en la vida de la Naturaleza a la eterna búsqueda del Paraíso perdido o de los Tesoros del Reino. En tiempos venideros, cuando la Ciencia haya logrado elevarse por encima de muchos de los conceptos actualmente considerados como fundamentales, algunos de los misterios ocultos serán revelados, especialmente el del símbolo esotérico de la CRUZ al que se le ha asignado un significado enteramente místico, cuando es el más valioso y dinámico elemento de comprobación del poder gravitatorio de la sustancia y de la natural tendencia a la agravitación que posee en esencia el espíritu creador del ser humano.

En medio de ambas fuerzas, en el centro de este vórtice de energías centrípetas y centrífugas, el Alma humana o la de cualquier ser viviente de la Naturaleza, se hallará sujeta a la extraordinaria tensión provocada por aquellas tremendas fuerzas aparentemente antagónicas, pero que en realidad son complementarias y compensatorias que el Alma utilizará sabiamente un día para situarse en alguno de aquellos centros de equilibrio universal que esotéricamente llamamos Iniciación. Esta idea es sólo un leve indicio de las inmensas posibilidades que la Ciencia tiene a su alcance para introducirse en la vida religiosa y mística de la humanidad sin menoscabo de su integridad científica, utilizando solamente las leyes por todos conocidas y sobre las cuales ha ido estructurando todos sus principios, investigaciones y conocimientos.

El principio de gravitación ha de ser en lo sucesivo el gran aliado de la Ciencia, aun cuando ésta se decida a penetrar en los dominios de la Cuarta dimensión ya que la ley de gravedad actúa en todos los planos y niveles de nuestro Sistema Solar. El reconocimiento científico del "drama místico de la Ascensión" como un fenómeno puramente angélico realizado en los éteres y provocando ciertos resultados definidos en el espacio, aportará una nueva luz en la investigación de ciertos hechos históricos para los cuales no existe todavía una explicación satisfactoria en el orden científico. Tenemos un ejemplo de ello en la construcción de las Pirámides de Egipto. Las moles de piedra que las constituyen tienen un peso enorme y, sin embargo, están colocadas y ajustadas de manera tan perfecta como si "un poder viniendo desde arriba" las hubiese situado con tan rara y matemática precisión.

No puede haber una explicación realmente científica acerca de la construcción de las Pirámides si no se admite la presencia de unas desconocidas y poderosas fuerzas antigravitatorias operando desde el centro mismo de las piedras y a partir de unos "espacios intermoleculares" con tendencias netamente centrífugas que poseen todos los cuerpos moleculares de la Naturaleza. Al llegar a este punto es donde el osado investigador de las leyes ocultas de la vida debe intentar penetrar en el misterio de los éteres, que es el misterio de la Cuarta dimensión, y tratar de descubrir allí el principio de la ley antigravitatoria de la sustancia, una ley que evidentemente conocían los grandes sacerdotes egipcios y cuyo poder les permitía mover a voluntad aquellas inmensas moles de piedra cúbica con las cuales fueron construidas las Pirámides.

En el fondo de esta cuestión que ha intrigado a filósofos y científicos de todos los tiempos se observará siempre la existencia de un poder iniciático que permite la invocación y el control de ciertas fuerzas ocultas de la naturaleza, llámeselas devas o ángeles, que habitan el interior de las piedras y de otros minerales pesados y que, bajo el imperativo de ciertos mántrams, pueden operar sobre los espacios intermoleculares que son sus naturales habitáculos y dilatarlos a unos extremos en que sin que la piedra pierda su forma geométrica ni su volumen quede totalmente libre de peso. Se trata de un "poder que eleva", utilizando aquí una locución eminentemente mística, de un poder extraño aunque de orden natural que opera por grados de descompresión de los éteres y de los principios coherentes que rigen la vida de la sustancia.

Así, un cuerpo en el espacio, por pesado que sea, puede elevarse o levitar cuando una fuerza más sutil a las científicamente conocidas(*) se introduce en el interior del campo molecular ensanchando sus espacios intermoleculares y produciendo por descompresión del éter y de la consiguiente dilatación del mismo una considerable pérdida de peso, al extremo que puede decirse que sólo existe éter en el interior de cada minúsculo centro molecular con la consiguiente liberación de las leyes de gravitación que rigen para todo cuerpo sustancial en el Universo. Podemos afirmar por extraño e inverosímil que parezca, que cualquier cuerpo geométrico ocupando un definido lugar en el espacio puede perder completamente su peso específico o cualidad gravitatoria sin que adopte forma distinta que la que por ley y orden de simetría le corresponde. Esta aparente contradicción o reversión de los principios universales de gravedad se explica, sin embargo, por el conocimiento esotérico de los planos o niveles de la Naturaleza.

Estos planos se superponen por orden de densidad o de cualidad de los éteres que los componen, dotando a todo su contenido de una virtud específica y definida de acuerdo con su evolución, teniendo en cuenta que cada uno de tales planos desde el meramente físico al espiritual más trascendente y elevado, obedecen a las leyes de gravitación que condicionan el destino kármico de los Dioses creadores, que crean planetas, universos, constelaciones y galaxias. El principio de gravitación que da coherencia molecular a la sustancia es el mismo en todos los casos, aunque difieren enormemente los grados de densidad de los éteres cósmicos con que se construyen los mundos y los sistemas solares.

Insistimos en que "el Drama Místico de la Ascensión", considerado desde el ángulo esotérico de investigación de las fuerzas ocultas de la Naturaleza que operan en la sustancia material de todos los planos y a través de todo contenido molecular, es un fenómeno científico de levitación que se produce en el interior de un cuerpo físico cuya Alma o conciencia condicionante se halla bajo los efectos de una tremenda actividad creadora de expansión espiritual, ya se trate de un exaltado místico, de un perfectamente enfrenado yogui o del propio Cristo, ascendido a los Cielos "en cuerpo y alma", tal como reza la tradición religiosa, pero impulsados o impelidos por ciertas misteriosas corrientes de vida angélica que operan sobre la sustancia de dichos cuerpos determinando una inversión total de las leyes de polaridad.

Sin embargo, sólo la incorporación de estas misteriosas fuerzas dévicas que rigen la expresión de la sustancia al campo experimental de la Ciencia, podrá aportar los elementos indispensables mediante los cuales todos los fenómenos extraños, sin aparente y lógica explicación, tales como los hechos sobrenaturales o milagrosos, adquirirán un carácter rigurosamente científico y una explicación realmente válida y consecuente.


* Energía del primer nivel etérico del plano físico, denominado esotéricamente subplano atómico.


Vicente Beltrán Anglada

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