Discipulado y perfección.

V.B. Anglada


Algunos aspirantes espirituales de muy buena fe con muy buenas disposiciones para el trabajo interno, alimentan la falsa idea de que el discípulo que ha logrado establecer contacto con el Maestro, es un ser humano plenamente feliz, libre de esos contratiempos, problemas y dificultades tan comunes al género humano.

El contacto con el Maestro, si bien agudiza extraordinariamente la percepción espiritual superior, desarrolla también a extremos inconcebibles la “sensibilidad humana”. Como resultado de ello la vida del discípulo es un permanente centro de tensión, en donde coinciden a la par y a veces por un espacio muy prolongado de tiempo, las energías espirituales superiores y las fuerzas kármicas de la personalidad humana.

Existen por una parte las obligaciones naturales y sociales comunes a todas las personas, o sea, los deberes familiares, profesionales y de relación obligada con los demás y, por la otra, los altos deberes impuestos por el grado de desarrollo espiritual alcanzado en el Sendero, así como los que le vienen impuestos por las necesidades de su particular campo de servicio.

Esta tensión se agudiza extraordinariamente por el hecho de que siendo la vida del discípulo eminentemente invocativa, atrae sobre sí un elevado tipo de vibraciones que debe tratar de controlar y proyectar convenientemente dentro del campo definido de su esfera de radiación personal.

Estas altas vibraciones son de tres tipos: las que proceden de su propia Alma, las que provienen del Ashrama al cual pertenece y las indescriptibles del Maestro que lo está preparando para la iniciación. Mantenerse en equilibrio en el centro de esta triple vertiente de energías superiores de Rayo, es tarea muy difícil, pero forma parte inexorable de la vida del discípulo.

La mayoría de los aspirantes espirituales en el Sendero de probación acostumbran a ver solamente el lado agradable de este proceso, es decir, la delicia inefable del contacto con el Maestro, el derecho de ingreso en un Ashrama, la conquista del conocimiento esotérico y el control y desarrollo de ciertos poderes psíquicos. Frecuentemente olvidan el lado desagradable o difícil creado por el choque y fricción de las energías superiores invocadas sobre el cuerpo kármico del discípulo. Éste, al igual que todos los seres humanos se debe a una ley de herencia, interna y externa, cuyos distintos aspectos gravitando sobre su ánimo le producen a veces gran confusión y profundas contrariedades. El discípulo es, simbólicamente hablando, “una presa que se disputan a la par Dios y el Diablo”, el Ángel de la Presencia y el Morador del Umbral, los testigos de la Luz y los Ángeles de las Sombras.

La lucha que tiene lugar en los tres niveles de actividad personal del discípulo: mente concreta, cuerpo emocional y cuerpo físico, da lugar a intensas crisis, cuya grandeza, profundidad y dramatismo raramente son justipreciadas por cuantos le rodean. Bastará decir que el discípulo se halla “clavado en la gran cruz de la experiencia”.

El karma humano, simbolizado por el brazo horizontal de esta cruz y la oportunidad divina, o Sendero espiritual, simbolizado por el brazo vertical de la misma, han de llegar a un total equilibrio antes de que el discípulo se convierta en un Iniciado, en un hombre perfecto.

En tanto que este hecho no se produzca -y el camino de tal realización es largo y penoso- pueden pasar varias vidas, en el transcurso de las cuales se suceden las experiencias a un ritmo vertiginoso, con su consiguiente secuela de problemas y adversidades. Felizmente el discípulo conoce ciertas reglas y maneja ciertas leyes que endulzan su vida y le permiten soportar la tremenda presión del torbellino de fuerzas en que se halla sumergido.

El hecho de ser un discípulo y de tratar de ajustarse al supremo dictado de la Ley es una gloria, pero también una terrible responsabilidad. Él es un testigo de la Luz y un Servidor del Plan. Estas dos fases indican el principio y el fin, el alfa y el omega del propósito creador de la vida, desde que se inicia la búsqueda espiritual como un simple aspirante devoto, pero todavía lleno de ilusiones, hasta que se alcanza la más elevada iniciación. El esfuerzo es proporcional a la altura alcanzada en el Sendero, así como el sentido de responsabilidad que llega a convertirse en profundo motivo de dolor en determinados estadio de la búsqueda.

- Crisis y tensiones

Las crisis y tensiones dentro de la vida de un discípulo se agravan o acentúan considerablemente, cuando en aras de ciertos aspecto definidos de su vida como un servidor consciente de la Jerarquía, debe presentarse ante el mundo como lo que realmente es, como un discípulo del Maestro, pues entonces converge sobre él la atención mental, no siempre correcta y debidamente enfocada, de multitud de aspirantes en el Sendero que “le toman como ejemplo de sus vidas”. El punto focal “discípulo” es en este caso un centro de impactos, la mayor parte de ellos de carácter emocional, provenientes de los deseos, esperanzas y temores de todos aquellos aspirantes que ven, o creen ver en él, a alguien en quien pueden realmente confiar. Existe también el alto deber por parte del discípulo, de ser para todos aquellos que en él piensan y confían un testimonio vivo de Fuerza y Comprensión.

Por estas y otras muchas razones, la vida de un discípulo en encarnación física no siempre puede demostrar ostensiblemente su bien ganado desarrollo espiritual ni las múltiples cualidades adquiridas a fuerza de sacrificio de “lavar sus pies en la sangre del corazón”.

Hace algunos años tuvimos oportunidad de establecer contacto íntimo con algunos discípulos aceptados; estábamos seguros que lo eran por haber previamente constatado su filiación con algunos Miembros de la Gran Fraternidad Blanca. Pudimos comprobar a veces, con el consiguiente estupor, que en sus relaciones sociales parecían haber olvidado ciertas reglas internas, como si hubieran perdido momentáneamente su conexión con el mundo elevado de las causas. Esto fue motivo de muy agudo sufrimiento.

Un día mientras esperábamos al Maestro, comenté el caso con R... y con algunos otros de mis condiscípulos del Ashrama. En aquella ocasión inició el Maestro así Su plática:

“No juzguéis nunca las cosas ni las personas por la sensibilidad que os producen, sino por su grado de efectividad. Estad seguros que si Nosotros exigiéramos de inmediato una plena sujeción a leyes internas no habría discípulos a quienes entrenar ni servidores en quienes hacer gravitar una importante parte de Nuestro trabajo en el mundo. De la misma manera que exigimos INTENCIÓN respecto al mundo interno, exigimos también TRABAJO eficaz en el mundo externo. Y no siempre los que realizan el Trabajo en el mundo externo son los mejores en el mundo interno. Pero, el hecho de que, “sinceramente trabajen y luchen por ayudarnos” hace que los mantengamos conectados con la energía que emana de los Altos niveles espirituales...

Estas palabras del Maestro que demostraban su exquisito interés por resolver nuestras más mínimas dudas en el mundo mental, dejaron profunda huella en mi corazón y aprendí a suspender el juicio cuando se trataba de comentar la actitud de ciertos aspirantes y discípulos. Las razones del Maestro eran además concluyentes en el sentido de que no siempre el equipo kármico de un discípulo le permite expresar claramente la grandeza de su vida espiritual. Esta circunstancia hace que las reglas de humildad que se aprenden en el Ashrama y deben practicarse en el mundo, sean la mayor salvaguardia del discípulo en lo que a crítica humana se refiere.

- Misión y sensibilidad

Existen particularidades en la vida de un discípulo que no pueden ser juzgadas con ligereza por aquellos que pretenden “estar hollando el Sendero". Debemos recordar al respecto las palabras del Maestro D. K.: “La sensibilidad es una prueba de evolución espiritual, pero es también una prueba kármica en la vida del discípulo”.

Existe una relación muy directa entre “prueba kármica” y “crisis Iniciática”. Esta relación se basa en el hecho de “precipitación de energías” dentro de la vida del discípulo. Los cuerpos periódicos del mismo: mente concreta, cuerpo emocional y cuerpo físico, altamente sensibilizados, actúan como un potente imán que atrae sobre su personalidad una considerable cantidad de karma que normalmente hubiera precisado varias vidas para ser consumado. Esta circunstancia sitúa de nuevo frente a nosotros el problema de “aceleración” del proceso evolutivo planetario del cual el discípulo es un elevado exponente.

La humanidad como un todo sufre también las consecuencias del tremendo despliegue de energías planetarias y extraplanetarias puestas en juego en estos drásticos momentos de aceleración evolutiva o de precipitación kármica, y la interminable secuela de guerras y conflictos reseñados por doquier y desde el principio mismo de la historia, así como las terribles convulsiones geológicas en muchas partes del mundo, son una prueba de potencia de estos terribles impactos. Esta afirmación no es en manera alguna un intento de justificar la guerra o cualquier convulsión social o geológica, sino simplemente un deseo de evidenciar el pesado bagaje kármico que subyace todavía en el fondo subconsciente de la humanidad, y que la potente presión de las energías superiores de “precipitación” pone a flote, en la superficie de la conciencia, para que eventualmente pueda ser liberado.

El discípulo es, en todo momento, una dramatización superior del estado de conciencia humana en un momento cíclico o histórico del mundo, y contemplando su vida llena de crisis y tensiones, se perfila una imagen clara del destino de emergencia espiritual para la cual se está preparando y se está preparando asimismo en sus distintos niveles toda la humanidad.

Los Ashramas de la Jerarquía tienen pues una misión bien definida en estos momentos cruciales de la historia humana. Las palabras crísticas: “Llamad y se os abrirá, pedid y se os dará”, se refieren exactamente a este derecho de entrada en los Ashramas, pues es en los mismos donde se prepara el ser humano para su glorioso destino espiritual. Tal derecho, pagado a precio de alta devoción y sacrificio en determinadas etapas, está hoy día al alcance de todos los aspirantes del mundo. No existe una limitación para el enorme deseo del hombre de progresar y de ocupar un puesto de honor dentro de las filas de los servidores de la humanidad.

Cuando por primera vez fuimos admitidos en el Ashrama, después de formular los correspondientes votos (o juramentos) ante QUIÉN puede hacerlos realmente sagrados e inviolables, tuvimos el honor de escuchar mucho de lo que les estoy diciendo de labios de nuestro glorioso Mentor. Una de las cosas que el Maestro recomendó especialmente fue “que viviésemos profundamente apercibidos de la hora solemne que estaba viviendo la humanidad”, no sólo por la entrada de nuestro planeta dentro de la zona de influencia de la constelación de Acuario (que marca el destino de la Nueva Era), sino también por las enormes presiones de energías extraplanetarias y de allende nuestro sistema solar, que convergían sobre la tierra preparando a la humanidad para ciertos cambios fundamentales dentro de las estructuras de la sociedad organizada donde realiza actualmente su evolución.

Estamos viviendo unos momentos realmente dramáticos y decisivos en la vida de la humanidad y todos podemos contribuir inteligentemente y con buena voluntad a resolver las agudas crisis y tensiones de este angustioso período mundial. Piensen constantemente en la posibilidad de ser admitidos en un Ashrama, en su Ashrama. No se crean inferiores a otros que se encuentran ya allí. Pueden establecer también relaciones y vinculaciones de orden espiritual superior si mantienen firmemente el propósito de buena voluntad, de amar y de servir. Vale la pena intentarlo. Al final de cierto estadio el Maestro aparecerá para decirles: “Habéis llamado, entrad”, “Habéis pedido tomad”. Y empezarán entonces a ser desgarrados “los velos del Templo” que ocultan la infinita grandeza de sus propias vidas.

“Cuando el discípulo está preparado” es decir, cuando ha penetrado profundamente en una dimensión de vida superior a la normal, “surge el Maestro”.

Tal acontecimiento viene precedido de una pequeña luz, que irradia desde el centro superior de la cabeza del aspirante y que va creciendo hasta ser visible por Aquél que desde el principio mismo de los tiempos tiene enlazada Su vida con la suya. Es en este momento y no antes que el término “discípulo” empieza a tener un significado real y práctico y no simplemente teórico. La vida del aspirante empieza a sufrir entonces profundas modificaciones. Tales modificaciones, expresadas por medio de violentas tensiones y agudas crisis, van purificándole paulatinamente hasta hacerle entrar “en aquella gran corriente de vida espiritual” de la que ya prácticamente no se retorna.

Todos sabemos naturalmente estas cosas que a fuerza de decirlas se han convertido en tópicos habituales, de ahí que su significado realmente místico y espiritual y su aplicación práctica y esotérica, sólo están reservadas a aquellos que están verdaderamente conectados con el supremo propósito de la vida.


DISCIPULADO Y PERFECCIÓN
V.B.Anglada

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