Conceptos generales de esoterismo. III

V.B. Anglada


Vicente.—... habitualmente, ¿eh?, cuando entramos en contacto con el Yo Trascendente o con el Alma, es un aspecto superior y ya perdemos la conciencia, pero claro, guardamos la conciencia y el cerebro —si está bien establecido el Antakarana— registra todas las impresiones de la conciencia, lo manda al cerebro y dice: “Soy yo éste”, realmente el yo ha desaparecido pero existe el consciente que registra el cerebro, porque la meditación es que el cerebro registra las impresiones que están en otro plano dimensional superior, y claro, no podemos hablar del plano de la Mónada o del Espíritu porque no hay palabras, porque esto ya la mente no está preparada todavía para poder registrar los hechos monádicos o espirituales de trascendencia. Registramos hechos actuales que están a nivel de nuestra conciencia actual en evolución, el lugar que ocupamos en la escalera de Jacob, digamos, de la Jerarquía; allí tenemos nosotros un punto de conciencia iluminada y es la luz que podemos ver, no podemos pasar de ahí. Y cada cual ve su propia luz, no ve la luz de otro ni nada, ve su propia luz, y registra la luz que está en aquel nivel en el cual tiene un sentido de percepción que puede ser registrado por el cerebro, y al mismo tiempo cualificar una emoción suave, y tiene que ser siempre una sensación de integridad; de integridad y de conciencia, date cuenta que estás en el... que eres tú.

Ricardo.— Lo que registra allá es conciencia... no es algo allá que es el yo,... no, no, hay una conciencia

Vicente.— Es conciencia.
(Comentarios sobre cómo está sentada alguna de las asistentes, por alguna incomodidad. No se entiende claramente).

Ricardo.— Es muy importante. Oye, cómo te llamas.

Espectador.—Paco.

Ricardo.—Es muy importante que hayas visto estas cosas, que hayas experimentado estas sensaciones, tuyas, y te ha contestado bien... (sonido defectuoso)... pero yo quería decir una cosa, que, quizás, tú mismo la puedas también experimentar y todos los que estamos aquí, fíjate bien, lo que has dicho... es muy importante el colorido que forma la luz que ves, entonces, por el colorido tu deduces el estado en que tú te encuentras en aquel momento.

Sr.— Pero es que yo... los colores pasan a montones

Ricardo.— No, deja los colores. Si es correctamente cuando se produce la luz, ten presente que el colorido va de abajo a arriba, siempre, toda la vida, todos los colores, de lo más pesado a lo más sutil, ¿comprendes? ¿está bien dicho esto?

Vicente.— Sí, sí, sí.

Ricardo.— Cada vez el color se va haciendo más claro, más tenue, más claro, como un sol que deslumbra, yo al menos de esta forma lo he experimentado. O sea, que cuanto más abajo estés más sucio será el color, y cuando vas subiendo, elevando, cada vez es más brillante, más fulgente.

Sr.— Y de otro color.

Ricardo.— Y de otro color, sí, sí. Por regla general, y tú lo comprobarás, aparece, lo primero que aparece es un verdoso, como amarillento, después se transforma en gris, sucio, y se va aclarando. Después de estos colores se mete el negro, va apareciendo entre esas dos mezclas. He dicho verde, gris, y el negro, y algo se mezcla el rojo un poco, ya, hasta que sale eso mismo que tú has dicho: el amarillo, pero no amarillo fuerte...no, no, no, es un amarillo apagado, no tiene brillo, va subiendo y aparece entonces claro, hasta que remontas, si se puede decir así, hasta el electrónico, y en esa forma es cuando puedes deducir el estado en que tú estás, que no siempre lo verás igual, ¿eh? ¿Has comprendido ahora? A veces sí, otras... Pero no hagas caso de esto, no te sirve para nada.

Interlocutor.— Ah!, no, yo lo que trato es de fusionarme dentro de eso, porque parece que esto me venga para mí y entonces me da la impresión de dejarme ir, de dejarme dentro, en un agujerito...

Ricardo.— Aunque te bañes en toda la luz que quieras, acuérdate de esto: no te sirve para nada.

Interlocutor.— Yo digo lo que me pasa, yo no sé nada.

Ricardo.— Yo te he dicho lo que me ha pasado a mí ¿eh?

Interlocutor.— Vale, vale.

Vicente.— Tienes piel de gallina..., ¿quieres mi americana?

Srta.— Yo no tengo frío y usted tendrá frío ahora.

Interlocutor.— Prosigue, prosigue, todo esto no sirve para nada.

Ricardo.— Te digo que no sirve para nada porque hay que vivirlo al momento. El pasado ya no sirve, ¿me has comprendido? Si de momento te ha servido esta medicina por un impacto que pueda hacer a la mente, te ha servido para algo, pero ya, para que lo recuerdes después, no te sirve para nada, fíjate bien cómo te hablo. Y por esto, ciertas cosas haciéndolas conscientes, no dormida ni roncando, puedes sacar muchos provechos de estas cosas.

Leonor.— Estando alerta.

Ricardo.— Estando alerta, sí, y vivir siempre el momento, el presente, el pasado ya no te interesa, ni el futuro.

Interlocutor.— No, no, si es un eterno presente.

Ricardo.— No, si es que hay muchas personas: “yo veo luz” y bueno, y qué. Esto es verdad, las cosas como sean... no sirve para nada. Ni más inteligente, ni más humilde, ni nada, no te sirve para nada. Hay que estar alerta siempre para que te sirva para algo. Es lo único que interesa, ser consciente. Y si has pecado, que has pecado una chispita, algún desliz que tenemos, corrige al momento preciso eso para no volver a sacar otra vez lo mismo, para sacar provecho de algo; pero si no es así, aunque seamos santos en aquel momento, no sirve para nada. Estas son las conclusiones que yo he sacado para mí, ¿eh?, eso no quiere decir que para otra persona no saque las mismas. Puede sacar los mismos conceptos, pero como todo está generalizado.

Leonor.— Ahora que esto es la verdad, lo que hoy pasa ya no te tiene que importar mañana. Lo pasado, pasado.

Ricardo.— Exactamente, en la vida... entonces si tú quieres vivir la vida tienes que estar atento a cada instante que sucede, porque si no, no vivirás la vida. Claro, si no... (Comentarios sobre la sesión, se hace tarde)... yo fui, yo dejé de ser, yo hice... Una consecuencia que es muy importante, para todos ¿eh?, es la predisposición. Eso es importantísimo, que muchas veces hablamos, decimos, queremos, anhelamos, deseamos proyectarnos, pero no hay interiormente la predisposición para eso.

Vicente.— Cuando una persona está en un cierto nivel, se le presenta la opción a decidir entre los pares de opuestos. Los pares de opuestos es el mundo de los hombres y el mundo de Dios. No se puede pactar a un mismo tiempo con Dios y con el César; es decir, que con el bien y con el mal no se puede pactar, pero la mayoría tienen miedo porque no saben que hay la solución real, que es la más natural, que es el camino del centro. Es decir, que cuando estás en el peligro de la decisión estás fluctuando entre el bien y el mal, porque cuando llegas al bien, el bien te ofrece solamente una perspectiva desconocida y la muerte causa la misma sensación de una perspectiva indefinible, que por no poder ser definida se transforma en temor. El hombre tiene temor a todo aquello que no puede descubrir de inmediato; ya, desde los tiempos prehistóricos, el temor a los elementos ha condicionado la vida de los pueblos, cuando existe un pavor social como el que estamos viviendo, existe el temor al mañana, porque todo el mundo estamos inmersos en el temor de lo que pasará mañana, lo que pasará pasado mañana, porque tal y como están las cosas tiene que pasar algo y el hombre teme lo que va a pasar, y no estamos en el centro del equilibrio, y todo lo que pasa es en bien del ser humano, sea lo que sea. Entonces, cuando estás en el conflicto de decidir entre el par de opuestos, el de la luz y las tinieblas, y las tinieblas siempre son el símbolo de la atracción de ciertas cosas del mundo, como estamos creados con la sustancia del mundo participamos del mundo, y como tenemos sustancia de Dios participamos así mismo de la esencia de Dios y cuando el alma llega a registrar que forma parte del mundo y al propio tiempo tiene la aspiración de Dios, es cuando surge el conflicto, y entonces el conflicto se traduce en sensación de miedo, de soledad, de angustia, hasta de desesperación, porque nadie externo te da la clave, e interiormente el cielo aparece como algo espantoso. Tampoco te da una solución, entonces, el silencio tampoco te dice nada porque tampoco lo registras.

En este caso, y lo que hay que hacer siempre es tratar de afrontar la realidad del hecho, atención a lo más inmediato, a todo cuanto ocurre a tu alrededor le prestas una atención formidable, tienes que escaparte del ruido de ti mismo que es el que te impide dar la solución a tu problema. Si estás en un lugar y tú estás enfocado en el problema que estás considerando y no el problema propio, entonces, tiene que haber algún tipo de solución, porque la atención siempre marca el punto exacto en donde estás situado, te demuestra toda la formulación psicológica de la vida a través de ti, lo cual es un símbolo de solución y, si estás proyectado hacia cuanto ocurre a tu alrededor, y esto es el yoga más difícil, te das cuenta que la sensación de angustia se va desvaneciendo, la estás triturando, estás, digamos, desalojando de tu ser, ¿por qué?, porque tu ser está en lo inmediato y no en el valor del pasado trascendido que es el que te está atrayendo, ¿te das cuenta? Y entonces también viene, por otra parte, que a medida que vas intuyendo la realidad a través de estos momentos de atención hacia lo que está delante de ti, inmediato, te das cuenta cómo una voz de dentro te está llamando, porque realmente como hemos pasado toda nuestra vida en forma inatenta, no hemos considerado los hechos psicológicos que ocurren a nuestro alrededor.

¿Nos hemos autoconsiderado psicológicamente nosotros? Aquí hay que ver todo el proceso. Si hubiéramos estado atentos al proceso que desenvuelve la naturaleza, con todos sus estratos, o la sociedad con todos sus estamentos, y hubiéramos tratado de inquirir la finalidad de todo cuanto nos rodea, entonces, en nuestra mente y en nuestro corazón no tendría lugar la duda, no puede existir la duda donde hay atención formidable. Es decir, que prueba tú de tener atención y no me digáis que esto se va a convertir en rutina, porque de la misma manera que estáis aprendiendo algo y al principio hay un esfuerzo tremendo de atención, hasta que se convierte en automático, la atención hacia los hechos, hacia la observación serena de cuanto existe a vuestro alrededor, en circunstancias, en hechos, en personas, en estados de conciencia, se va desvaneciendo la duda, el temor desaparece, ¿por qué?, porque estás enfrentando constantemente los hechos y, como que el hecho que estás considerando forma parte de tu problema, al resolver el hecho inmediato estás quitando parte del problema psicológico, lo estás desvaneciendo, estás casi, casi, evaporándote, hasta que llega un momento en que viene el paso decisivo que te conduce a la luz.

Pero, fijaos bien, que la mayoría de personas cuando se encuentran en un conflicto dual de valores, buscan siempre quitarse algo. Es como el enfermo; el enfermo no tiene que hacer más que equilibrar su cuerpo, no tratar de luchar contra la enfermedad, porque la enfermedad es parte de ti mismo, y si tu estás en paz contigo mismo no puede haber enfermedad. En psicología hay la enfermedad psicológica, hay la duda, el temor, la angustia, la desesperación, el trauma, el complejo, todo cuanto está ahora a la orden del día forma parte de lo que estás viendo constantemente, pero tú estás enfocado allí; naturalmente, como aquello forma parte de tu pasado, porque no estás orientado hacia el presente, aquello se asienta delante de ti, como un recuerdo vivo de lo que tienes que hacer. De la misma manera que la fiebre registra un estado de angustia del cuerpo, si no existiese la fiebre, ¿cómo sabéis que funciona? Hay estados que parece que estás bien y hay la fiebre. Pues la duda, el miedo, la desesperación, el temor, el odio, indican la fiebre que pasa por tu ser psicológico.

Y aquí está ya la decisión, que es de estar atento; así que no es difícil, difícil es orientarte constantemente hacia lo que pasa, aquí es fácil tener un poco de atención, digamos, ¿por qué?, porque es algo que te gusta, algo que te atrae a tu ser, y ves algo de solución para tu problema, pero saldrás después de aquí y llegarás a ver otras personas que a lo mejor no tienen la atención... Primero, porque al dar atención a una cosa, y la atención llega a ser muy profunda, tú y aquella cosa, ya, dejáis de estar antagónicas. Hay personas que no las comprendemos porque nos son antipáticas, pero si tratamos de ser amables con ellas veremos que no son antipáticas aquellas personas, sino que ha sido una figuración de nuestra mente. Pienso: “aquella no persona me gusta”, ¿por qué?, porque es una impresión de aquel momento y te ha dicho que esa persona no me gusta, y has hecho un juicio y este juicio te ha condenado, ¿por qué?, porque cuando tú vas en un proceso de atención tratando de comprender al propio tiempo el problema de tu ser inmediato, el prójimo, en la familia, en el trabajo, en la comunidad, te das cuenta del valor que tiene la efectividad que tiene esta atención.

Por ejemplo, tratad de resolver el problema de un ser humano cualquiera, y resuelve el tuyo, porque tú y él formáis parte de un contexto mundial de problemas que existen, pero nunca tratamos de tratar de salir en busca del problema del otro, sino que estamos tan prendidos del propio problema que, realmente, estamos creando un vórtice de energía, un cáncer dentro de la psicología, que tarde o temprano nos impide buscar una recta solución, y esto si no crea un trauma dentro de nosotros que nos marque para siempre. Ahora bien, en el caso místico, la gran mística nos ofrece el símbolo de la persona que debe decidir algo profundo, algo que ya no pertenece al mundo psicológico corriente, sino que pertenece a niveles o estratos del alma. Cuando el alma ve que el vehículo que utiliza para manifestarse está en ciertas condiciones para recibir su paz, su integridad, su luz, su inteligencia, su amor infinito, entonces es cuando empieza a mortificarle con su influencia; mortificarle en un sentido desde abajo, se siente mortificado porque estando prendido de la ley que impera en los miembros, como dice San Pablo, ve que aquél le habla de otra cosa para la cual no está preparado y, claro, entonces viene la lucha. O bien te orientas definidamente hacia allí, a ver lo que pasa, o bien cedes a aquello.

No puede, como decía san Juan, no pueden haber hombres tibios: o frío o caliente. La frialdad no es para los hombres espirituales, o la cosa tibia, esta cosa amorfa, ¿eh?, esta persona que no es ni una cosa ni otra. No es ni frío completamente ni es completamente ardiente, en el sentido de la palabra en términos espirituales, no es ni del mundo, ni es tampoco de la parte de Dios, y aquí debe realizar la alquimia que debe convertir al hombre en un ser que sea capaz de vivir en el mundo sin ser del mundo, aquí está la problemática de todos los tiempos, más cuando estamos buscando a Dios, que es la parte más importante de nuestra naturaleza.



Barcelona, el 22 de Junio de 1975
Digitalizada por el Grupo de Transcripción de Conferencias (G.T.C.) 28 de Abril de 2007

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