Habla Juan el Bautista.

Jesús ~ Jeshua


CAPÍTULO IV

Habla Juan el Bautista


VENGO al llamado de mi glorioso hermano.

Con el cuerpo rendido y el alma entristecida, Jesús precisaba de descanso y consuelo. Había oído hablar de mi persona y tuvo ganas de verme.

Preguntad, hermanos, por el continente grave y dulcemente familiar de Jesús:

Preguntad a Jesús por la fuerza apasionada de Juan. Los dos os contestaremos que la naturaleza de los hechos de nuestra existencia terrestre guardaba el sello de nuestra naturaleza espiritual. En Jesús era el reflejo de la misericordia divina y en Juan era la necesidad de fustigar la materia. La figura de Jesús asumía a veces la inquietud afligíante de los dolores humanos, todos los juicios de Juan en cambio tomaban su razón de ser en la maldad e incapacidad de los hombres. El semblante de Jesús se iluminaba con la grave pero expansiva alegría del padre y del pastor, en el semblante de Juan no descubriréis más que el negro, grande e inalterable pensamiento de la degradación humana y de las vergüenzas de los conquistadores. Todas las ternuras se ven manifestadas en Jesús y su pureza les forma un cuadro de poesía divina. Juan se alejaba con alegría de los hombres y su piedad estaba mezclada de ira y desprecio.

Bendecid a Dios, hermanos míos, por las revelaciones de Jesús, y en cuanto a Juan que agrega a estas revelaciones el concurso de su palabra, quedad convencidos del ascendiente de Jesús sobre de él, pero no del deseo de Juan de venir hacia vosotros.

Jesús sufría desde que había dejado a sus buenos paganos, como él los llamaba, y el recuerdo de los momentos felices que había pasado al lado de ellos lo entristecía. Mas Jesús era el puro Espíritu de la Patria Celeste y los apasionados movimientos de ternura no tenían que luchar en su alma con el, rígido sentimiento de un deber riguroso.

La misión del Apóstol se mostraba, más que en otra cosa, en el esfuerzo supremo que lo arrancaba de las fáciles alegrías para lanzarlo en los brazos de penosas aprehensiones, de pruebas humillantes, de poderosos enemigos, de la muerte, que él buscaba como el santuario de su pensamiento fraternal y su amor divino.

Jesús sabía que después de su muerte se cerniría sobre el mundo humano y medía con la paciente emulación de su alma esa separación con el convencimiento de que un día, mediante progresivas luces, se llegaría a la reunión eterna.

Jesús quería todos los horrores de la muerte para echar sobre su vida de virtud esa antorcha postrera que se llama martirio y presentar ante Dios los estigmas del sacrificio.

Pasemos a la relación de la visita de Jesús a Juan, en la ciudad de Bethábara.

Observemos la figura carnal de los dos Apóstoles y fijémonos en la delicada armonía de sus Espíritus con sus envolturas mortales. Bajemos al nivel de los escritores humanos para satisfacer vuestra curiosidad y pongámonos de manifiesto con un paciente esfuerzo de memoria respecto de cosas perdidas entre siglos de trabajos espirituales constantes y de sublimes visiones. Llamemos nuestros pensamientos hacia la Tierra e iluminemos con detalles corporales el camino del alma hacia las eternas alegrías. Presentemos en este libro el retrato de la figura aparente del Espíritu y purifiquemos nuestro pensamiento con humildad y premura.

Jesús era alto de estatura, de cara pálida, ojos negros, cabellos castaños y la barba, que llevaba larga, era casi roja. La forma de la cabeza era ancha y enérgica, la frente desarrollada y con escaso pelo, la nariz recta, los labios sonrientes y su modo de caminar manifestaba nobleza. La pobreza de sus ropas no era suficiente para esconder la riqueza de esa naturaleza resplandeciente de elevación, no obstante el origen humilde de su familia y la modestia de su carácter. La palabra atraía e inspiraba afecto la persona de este hijo de un carpintero, que amaba a los niños y que designaba a los pobres como los primeros en el Reino de Dios. La perversidad se detenía ante su mirada y numerosos pecadores venían a implorar penitencia y compasión a los pies de este divino dispensador de gracias y absoluciones.

Hubo mujeres atraídas por el prestigio de su belleza física y el de su elocuencia, mas ellas se ruborizaron ante la pureza de su Espíritu y el amor carnal se fundió con el sentimiento de exaltación religiosa. Tú sola, oh María, introdujisteis una sombra en ese corazón adorable y desde la cruz Jesús te dirigió una mirada de reproche y de cariño. Esa cruz era al mismo tiempo tu condena y una promesa de protección para el porvenir; de ella tú guardas la tristeza en el alma y una promesa en el Espíritu; de esa cruz tú guardas una imagen dolorosa y una luminosa aureola y la justicia de tu condena habrá sido el deslumbramiento de tu alma dentro de un cuerpo marchito. (1)

Jesús era el apoyo de los débiles, la dulzura de los afligidos, el refugio de los culpables y el maestro de elevadas enseñanzas para todos los hombres. Alegrías inefables producía su palabra penetrante en los corazones de todos los que lo escuchaban así como su clarividente familiaridad. Preciosos honores iban ligados a su amistad y las almas ingenuas de sus Apóstoles, como las mejor templadas entre sus defensores de Jerusalén, jamás encontraron felicidad más completa, tranquilidad más profunda, que durante sus conversaciones y después de sus expansiones de alegría y de aliento.

(1)Hay en esta otra más de un pasaje, como éste, en que la poca claridad del estilo hace difícil el comprender lo que ha querido decirse: mas yo no quiero alterar el texto, así lo he manifestado ya. Si tuviera a la vista el original francés, tal vez me atrevería a usar de mayor libertad en la traducción, procurando aclarar los pasajes obscuros. El que nos ocupa parecería indicar que Jesús manifestó debilidad amorosa para con alguna María, mientras que es de la madre de quien se trata, y el reproche de Jesús, se refiere a la sombra que María, con su presencia y con el profundo dolor que como madre, no podía ocultar ante los sufrimientos del hijo, vino a arrojar en el corazón de Jesús en esos momentos de tan terribles pruebas. — N. del T.

"Jaime, mi tío, dice Jesús en un pasaje del Capítulo VP de la Primera parte de esta obra, me acompañó hasta el calvario, Jaime mi hermano huyó loco de dolor, María de Magdala y María mi madre fueron las dos únicas mujeres que contemplaron mi agonía sobre la cruz". Esta transcripción deja aclarada la observación que precede. — (N. de la C.)

La patria y la familia de Jesús se encontraban en todas partes.

"Los hombres son mis hermanos, decía, y todos mis hermanos tienen derecho a mi amor".

"¿En dónde están las leyes y las costumbres de la familia de mi Padre, de la patria de mis progenitores?"

"En el libro eterno".

"Yo os lo digo: el que no trate a los hombres como hermanos, no será recibido en la casa de mi Padre".

"El que diga: Ese hombre no es de mi patria, no entrará en la patria del Padre".

"El que haga dos partes: una para su familia y la otra para sí, no gozará de los dones y de los favores del Padre".

"El que no combata la adversa fortuna en nombre de la familia universal, apegándose tan sólo a los bienes de su padre y de su madre, no verá la alegría de la casa paterna y no encontrará más que el abandono y el aislamiento después de la muerte.

Abandonad, pues, a vuestro padre, a vuestra madre, a vuestros hermanos y a vuestras hermanas antes que complaceros en el olvido de la ley de Dios. Esta ley exige el conmovedor sacrificio del fuerte en favor del débil y de la familia esparcida por toda la Tierra".

"He aquí los miembros de mi familia, he ahí los hijos de mis hermanos, decía él señalando los hombres y los niños que lo rodeaban".

"Hermanos míos, amigos míos, hijos míos, haced vuestros preparativos de viaje y marchad hacia la patria del Padre Celeste. Los pobres serán recibidos los primeros y los ricos, que hubieren abandonado todo para seguirme, tomarán parte en la alegría general".

"Hermanos míos, amigos míos, hijos míos, seguidme y manteneos firmes en la humildad y en la pobreza."

Juan era de color trigueño, cabellos negros y de estatura menor que la mediana.

Tenía ojos rojos, sombreados de espesas cejas, lo cual, unido a su palidez, daban una expresión de dureza a su persona. Mas la sonoridad de su voz y la expresión de sus gestos hacían desaparecer poco a poco la primera impresión desfavorable para dar lugar al atento interés de sus oyentes y arrastrar al entusiasmo las masas.

Jesús os ha hablado ya de la palabra de Juan, y me parece inútil el haceros notar lo erróneo del nombre de bautizador que se me dio después.

Mi habitación fue honrada con la dulce figura del Mesías un año antes de mi suplicio. La misericordia divina quiso presentarme el modelo de la abnegación para dar a mi abnegación más ternura en la caridad y mayor mansedumbre en la expresión. Yo me sentí penetrado de la misericordia divina cuando vi el hijo del carpintero de Nazaret (puesto que así él se anunció), quien tomó lugar entre mis discípulos.

La luz de la gracia iluminaba su frente y sus labios sonrieron cuando me manifestó su deseo de hablarme a solas.

La Justicia de Dios, me dijo, se verá honrada en sus decretos cuando los hombres sean capaces de darse razón de ella.

"La fe será el apoyo de los hombres cuando ella se libre de sus actuales tinieblas y se manifieste llena de promesas".

"El poder de Dios impondrá la adoración cuando ella sea explicada claramente".

"Para hacer apreciar la Justicia de Dios es necesario establecerla sobre su amor, y el amor justificará el castigo. Rechacemos la tétrica envoltura de los dogmas y hagamos resplandecer el amor perfecto del Creador. La justicia es el amor y el amor es la perfección divina. La eternidad del amor hace imposible la eternidad de los sufrimientos. Sin justicia, ¿en dónde estaría el amor? Y sin amor, ¿en dónde estaría el Padre?"

"Prediquemos, pues, el amor, Juan, y honremos la justicia atribuyéndole la resurrección del Espíritu hasta su completa purificación".

"Apurémonos en probar la transmisión del Espíritu, indicando los males que afligen al cuerpo, y separemos el Espíritu del cuerpo, demostrando con descripciones pomposas, los honores de dicho Espíritu".

Expliquemos la penetrante intervención del poder divino con la tranquila confirmación de la fe, y, ya sea que este poder se manifiesta ostensiblemente, ya sea que él se abstenga de manifestaciones fortuitas, rodeémoslo de nuestra admiración y de nuestras esperanzas.

La desmoralización de los hombres depende de su natural inferioridad.

A las llagas del cuerpo debemos procurarles el bálsamo refrigerante y tanto más debemos procurar esconderlas de las miradas ajenas cuanto más asquerosas ellas sean.

Para las llagas del alma procuremos iguales cuidados que para las llagas del cuerpo y purifiquemos el aire apestado con palabras de misericordia y esperanzas animosas.

Descubramos las llagas a solas con el enfermo y sondeemos la herida para sanarla; pero que ignore la multitud las vergüenzas ajenas y sólo encuentre en tus palabras, Juan, la expansión de tu virtud y de tu fe.

Que el favor de Dios se demuestre en ti con imágenes delicadas y floridas y que la elevación de tus pensamientos no se encuentre empañada con la acritud de tus demostraciones.

"He ahí los consejos de Jesús de Nazaret".

"Jesús precisa del apoyo de Juan para que se le honre y se le siga y viene como un solicitante de parte de Dios."

Yo escuchaba aún al que me tenía la mano en señal de alianza. Apreté esa mano y dije:

"Tú eres el que debía venir, si no, ¿en dónde esperar otro?"

"Tus palabras se graban en mí y la gracia se encuentra en tu mirada."

Jesús elevó hacia el cielo sus ojos húmedos y cariñosos y en seguida me dijo:

"La paz que viene de Dios se establece en nosotros".

"La luz pura nos demuestra la vida eterna como precio de nuestros trabajos".

"La Justicia Divina nos preservará del temor de los hombres y el alto poder nos elevará a alegrías perfectas".

"Líbrenos la Tierra de sus obstáculos, libertemos las almas de sus terrores y hagamos de lado los despojos mortales glorificando a Dios."

Juan comprendió. La Justicia de Dios lo libertó más que nunca del temor de los hombres. En el año que siguió a esta gran manifestación divina Juan murió, fuerte de la gracia que lo sacaba de un mundo corrompido. Demostró en el suplicio la majestad de la calma y el ardor de la fe. Fué el mártir de su fe al acusar a los príncipes de la Tierra por sus escandalosos ejemplos y los gobernadores de la provincia que habitaba por sus evidentes delitos.

Hermanos míos, acabo de llenar para con vosotros una nueva misión, y me retiro de este lugar, dejando el puesto al divino (1) visitador, que desea terminar él mismo la referencia de nuestras relaciones.

Adiós, hermanos míos, y que la gracia os sea provechosa....

La pureza de Juan, hermanos míos, es hija de su vida humana y la santidad de su Espíritu no hizo sino acrecentarse después de su estada sobre la Tierra.

La primera condición del Apóstol es la firmeza. Juan la llevó tan lejos cuanto lo permitía la naturaleza humana. La muerte de mártir le dió elevación delante de Dios y la cantidad de sus obras lo coloca a la cabeza de los que han albergado entre vosotros. La tierna afección que el Apóstol me demostró desde el principio se hizo cada vez más grande y la sorpresa de las personas que vivían con él se convirtió en respeto.

El calor penetrante de mi alma fundió el hielo que impedía al alma de Juan de participar del dolor humano, desligando este dolor del principio de justicia para hacerlo resplandecer del don misterioso del hombre para con el hombre, honrando la cualidad de hermanos y llamando a todos los hombres hacia la perfección del Espíritu; dando a todos los Espíritus el mismo origen de alianza con Dios y el mismo coronamiento en el porvenir, atrayendo hacia el corazón del Apóstol, fanático por la virtud, la amplia expansión de la piedad fraterna y del amor humano, por el deseo de amor divino.

Lo dejé a Juan recibiendo su promesa de purificar sus pensamientos con respecto de la fraternidad de los hombres; le prometí volverlo a ver y me dirigí hacia Jerusalén.

(1)La palabra divino debe tomarse como la expresión de la elevación espiritual a que llegó Jesús. - (E. V.)

Yo contaba ya en Jerusalén con un partido poderoso y devoto, debido más a los trabajos de José de Arimatea que a mis méritos personales. Mi personalidad quedaba resguardada con la de ese hombre influyente, colocado ahí, habríase dicho, para hacer la mitad del camino que se me había trazado. José, que veía en mí un simple reformador de la moral, mucho se asustó cuando le desenvolví mis proyectos de reforma religiosa.

Algo pesimista y clarividente, él empleó todos los medios posibles para hacerme renunciar a la mezquina lucha, como decía, de la arcilla en contra del cobre, de un niño en contra de una legión de gigantes. José tuvo en esos momentos de aprensión la visión de mi pasión y de mi muerte y del comportamiento de ese pueblo que en esos momentos era favorable a mis ideas de mejoramiento, pero cuya estúpida ignorancia me definió así como su volubilidad, fundada en sus cambiantes impresiones y en la rusticidad de sus instintos.

Me pintó con caracteres de fuego el odio de los sacerdotes, la defección de las personas en quienes confiaba y la ira de los hipócritas desenmascarados. Colocó sobre la balanza, con sano criterio, la vergüenza de una derrota y la tranquila esperanza en el porvenir. Definió, en medio del transporte de su corazón, tanto los tormentos que me esperaban y los celos feroces de mis adversarios, cuanto la paz de una existencia, pasada entre la amistad y la virtud. Hizo brillar ante mis ojos la tierna y deliciosa armonía de los goces del alma y les colocó en frente la fatiga y el desengaño de una tentativa humanamente privada de toda probabilidad de éxito y llena de peligros, sin utilidad y sin gloria.

Las abundantes razones y la lógica decidida de mi amigo cayeron ante mi resolución.

¡Ay de mí! - Yo empezaba a alejarme de la dulzura, y la aspereza de mi designio daba a mis palabras la dura expresión de la impaciencia y de la altanería.

José añadió la piedad a la aflicción y el modo con que sufrió mi mal humor me dejó libre de todo miramiento.

Le comuniqué mis aspiraciones, mis propósitos, los signos de mi misión, los inmensos deseos de mi Espíritu, las tontas fantasías de la muerte, que turbaban mis sueños, y le describí mis expectativas con respecto de la posteridad a la que hacía falta un iniciador que la deslumbrara. Yo encontraba la defensa de la humanidad en la abyección en que la habían sumergido los orgullosos fanáticos. Me levanté para condenar la ley que me condenaba a mí mismo; mas esta ley perecería para siempre mientras yo recorrería mundos, daría facilidades al progreso, descubriría amplios horizontes y volvería a vivir en el curso de los siglos. Quería la libertad del Espíritu; entregaba mi cuerpo en medio de las maléficas estrecheces de la atmósfera terrestre ciñendo la frente con la corona del martirio, pero habría antes conquistado la doble gloria del legislador y del Apóstol.

La ley de Moisés decía: Que los reyes son designados por Dios para gobernar a los hombres.

Yo sostendré: Que la igualdad de los hombres está ordenada por Dios y que el mando supremo pertenece sólo a la virtud.

La ley de Moisés decía: Que los hijos pertenecen a los padres, y que la esposa es la esclava del esposo.

Yo diré: Que el Espíritu pertenece a Dios, y que el hijo debe abandonar al padre y a la madre antes que infringir los mandamientos de Dios.

Yo diré: Que la esposa es igual al esposo y que no existen esclavos en la familia de Dios.

La ley de Moisés decía: Que los sacrificios de sangre son agradables a Dios.

Yo diré: Arrojad del templo lo que mancha y ofreced a Dios el corazón de sus hijos.

Caminad en medio de las flores del prado, jamás entre la masacre y las llamas. Ofreced a Dios el homenaje de vuestras penas, de vuestros dolores, para serle agradables; mas no matéis lo que Él ha creado y no profanéis con sacrificios horribles el altar del Dios de paz y de amor.

La ley de Moisés decía: No tomes a tu hermano ni su mujer, ni su buey, ni su asno ni nada de lo que le pertenece.

Yo diré: Partid la mitad con vuestros hermanos de los bienes del Señor. Quien quiera que no haga sacrificio de sí mismo a favor del hermano no entrará en el Reino de Dios. El robo y el adulterio son odiosos porque ultrajan la justicia y la caridad. No manifestéis, pues, vuestras inclinaciones, vuestros deseos ilícitos; arrepentíos en cambio antes que la mirada de un hombre se haya percibido de esta humillación de vuestro Espíritu. Practicad el bien en la sombra, orad con la elevación de vuestros corazones y reconciliaos con vuestros enemigos antes de entrar en la Sinagoga.

No me hallaba ya en el tiempo de mis tímidos estudios respecto de las necesidades humanas y la naturaleza de mi entusiasmo no se parece a la temeridad de la adolescencia.

Mi penetración en el porvenir tomaba su origen en el ardor de mi voluntad Yo hablaba con una emanación divina y gozaba de un puro éxtasis en las maravillas de la patria celeste.

Después volvía a la realidad, más emprendedor, más infatigable, más heroico que antes, por el cumplimiento de mí misión. Mi muerte me parecía útil, huirla me hubiera parecido vergonzoso y vil.

¿Podría acaso olvidarme la posteridad?

"No, me contestaba una voz íntima, la posteridad tiene necesidad de ti, el porvenir tiene sus esperanzas en la nueva ley; los vestigios de tu sangre harán brotar virtudes."

Yo debo, hermanos míos, demostraros los diferentes efectos de mi pureza que tuvieron por móvil causas diferentes en dos épocas de mi vida.

Coloco la primera época dentro del tiempo transcurrido hasta el fallecimiento de mi padre.

La pureza de mi juventud era un reflejo de la naturaleza de mi Espíritu lanzado hacia el duro cautiverio de la materia.

La pureza de mis años viriles fué el fruto de una victoria y la luminosa aureola que me acompaña es la recompensa de esa victoria.

Mi muerte de hombre fué la libertad de mi Espíritu, y mi elevación fué conquistada en el cuerpo humano.

La Ley divina es absoluta y el camino de la humanidad, lo mismo que el individual, se cumplen sin desviaciones, dentro de la Justicia del Creador.

Lleguemos a esta conclusión, hermanos míos: Permaneced en la creencia de mi pureza como Espíritu antes de su última encarnación; mas humillaos en cuanto a la dirección de vuestra humanidad, que encamina a todos sus miembros dentro de las mismas condiciones de existencia.

¡Marcha de la humanidad terrestre, tú arrastras en tu rápido movimiento tanto las más bellas flores cuanto las más deformes raíces. Mas, si en este movimiento la flor pierde su perfume, ¡ah, cuánto tiempo se precisa para recuperarlo! - Mas si en este movimiento la defectuosa raíz se abre en bellos brotes, ¡ah, cuán dulce rocío le dará fuerzas y la hará crecer en mejor temperatura! ¡Admirable alianza de los Espíritus, demostración de la fraternidad, vosotros descubrís la adorable bondad de Dios y explicáis su justicia!

A la humanidad terrestre yo venía a darle mi vida de hombre, mis sufrimientos de hombre, mis pensamientos, mis trabajos, mi piedad, mi amor... Mas en esta nueva peregrinación de mi Espíritu, mi memoria me negaría el apoyo del pasado y mis fuerzas flaquearían a menudo. Como hombre sentiría el aguijón de la carne; como hombre sufriría debido a la materia, y las afecciones combatidas me pesarían como remordimientos; como hombre me cansaría de los hombres y sufriría no obstante por el abandono de los hombres, como hombre me llegarían señales de compasión de los Espíritus de Dios; pero nada de ostensible podría darme facultad para desafiar, para cambiar el orden de la naturaleza; como hombre, en fin, estaría sometido a la ley humana y la Justicia de Dios no alteraría, por mí, su inmutabilidad.

Hermanos míos, conviene que estéis prevenidos en contra de la infeliz locura de la superstición. Abandonad las culpables ficciones de las pasiones de la época y las tristes enseñanzas del pasado y alegrad vuestro Espíritu con el principio absoluto de la fe. Este principio descansa en la eternidad de las leyes naturales y en la perfección de su autor, en la luz llevada por la gracia y en la eficacia de esta luz para el bien general.

Haceos dignos de la gracia y trabajad en la luz. Aquellos que os son ahora superiores han trabajado y comprendido. Los que os favorecen tienen aún un deber que llenar, esfuerzos que hacer en común, fuerzas que recabar del seno de la Divinidad y honores que merecer. Las ideas de mejoramiento hacen latir siempre el corazón de los grandes Espíritus. La ley general de las humanidades es la de marchar hacia adelante, la de los Espíritus puros es la de traerle luz a la humanidad.

Hermanos míos, la palabra de Jesús está ahí para traeros la luz. La vida carnal de Jesús trajo la luz, y los Mesías de todos los mundos y de todos los siglos han sido enviados para distribuir la luz. Mas estos Mesías encarnados en la materia, hacen causa común con la humanidad a la que deben ayudar, tienen la misma semejanza humana que los demás y nada hay que pueda librarlos de las tendencias propias de esta naturaleza. Haced pues para todos el mismo fardo de pruebas y la misma debilidad de órganos, la misma delicadeza material y el mismo olvido del pasado en la naturaleza humana. Honrad la Justicia de Dios, majestuosa y fuerte en su curso. De la pureza de Jesús hecho hombre no juzguéis en sus manifestaciones contando en su pureza anterior de Espíritu, mas llegad a comprender la lucha del Espíritu perdido en la materia y obligado a someterse a las leyes de dicha materia.

En el quinto capítulo, la continuación de esta relación tendrá por objeto el conocimiento de mis Apóstoles y de mi poder como Hijo de Dios, título aparatoso y lleno de temeridad, pero rebosando de promesas, el que yo me daba para levantar mi misión y deslumbrar a las masas, título que merecí por mi justa adoración del Padre nuestro.

La ley tenía que castigarme como blasfemo, nadie hubiera podido salvarme. Yo lo sabía y las meditaciones respecto de mi muerte formaban mi delicia. Ella llevaba consigo el voluntario sacrificio de las afecciones terrenales, y mi madre, mis hermanos, mis hermanas, se convirtieron para mí en miembros de la familia humana en medio del pensamiento general y fraterno de la unión de las almas.

Hermanos míos, os digo: volveré dentro de poco.



Extracto de Vida de Jesús dictada por el mismo.

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