Gabriel el enciclopedista.

De lectores


Cuento.

A la edad de catorce años Gabriel vivió por primera vez una experiencia que no pudo comprender, y mucho menos aún supo como calificarla.
Ese día, atribuyó lo sucedido a una fortuita intervención divina, pero más adelante entendió, que él tenía dotes especiales, y esto en un futuro lo convertiría en una persona de existencia muy distinta.
Nunca supo como había recibido ese raro talento, pero a medida que crecía lo iba aprovechando cada vez más.


Aquella mañana en que le iba a ocurrir eso tan extraño, Gabriel se dirigió a la escuela sabiendo que no tenía ni la menor idea sobre lo que versaba esa maldita lección de historia. Entró al patio y al ver que sus compañeros repasaban el libro en cuestión, le pidió a uno de ellos que se lo prestara por unos momentos. Nunca supo por qué actuó de ese modo, pero jamás se arrepentiría de haberlo hecho. Mejor dicho, pasados unos veinte años se iba a lamentar horrores de haberse iniciado involuntariamente en ese apabullante espiral de brutal conocimiento.



El profesor Reston, era un hombre por demás de exigente, y al parecer tenía cierta inquina personal con aquellos alumnos que no tomaban en serio su materia. Gabriel era uno de los que encabezaba su lista negra, y era una repetida escena en el aula, ver desfilar al joven desde la última hilera de bancos hasta el frente, solo para decir la consabida frase de siempre:

-Profesor, no estudié.

La desinteresada actitud del alumno más las apagadas risitas de sus compañeros, claramente irritaban a Reston, y apenas había pasado el primer trimestre del año, Gabriel ya era el candidato más firme a llevarse la materia a Marzo. Si hasta se podría decir, que Reston disfrutaba ampliamente, cuando con una cínica sonrisa le informaba a Gabriel remarcando una a una las letras con su típica voz pastosa:

-Siéntese alumno, tiene un uno.

Esa mañana obviamente el joven fue el candidato preferido de Reston para comenzar a tomar lección. Gabriel avanzó con paso cansino como de costumbre, y cuando Reston lo interrogó sobre los Griegos, el hombre ya dibujaba esa maliciosa sonrisa mientras abría la libreta para estampar la repetida nota.
La sorpresa impactó tanto en los alumnos como en el profesor que congeló su siniestra mueca. Gabriel dio una clase absolutamente magistral que dejó a todos boquiabierta. El desconcierto de Reston fue tan evidente que por un buen rato se lo vio con el bolígrafo en el aire sin saber como calificar a Gabriel. Le puso un siete, y ante todos quedó muy claro la mezquindad de la nota.

En solo dos meses Gabriel se convirtió en el mejor alumno de la clase de historia. Al principio Reston lo siguió calificando con injusta pobreza, pero a medida que el alumno se explayaba lección tras lección en datos fechas y nombres, al docente no le quedó más remedio que claudicar, y empezó a dibujar en la libreta de calificaciones el preciado número de dos dígitos.

Así fue como Gabriel trepaba semana tras semana en el concepto de todos los profesores de la escuela. Seguía siendo un alumno inquieto, desatento en clase, molesto, y aún tenía por amigos a ese grupejo de chicos insolentes que irremediablemente repetirían, pero a pesar de la mala conducta, sus notas eran cada vez mejores. Es más, para fines de octubre inexplicablemente ya era el mejor alumno de la división.

Gabriel transcurrió toda la secundaria encabezando el prestigioso cuadro de honor. Al recibirse, cuando por millonésima vez sus compañeros le preguntaron qué lo había hecho cambiar tan drásticamente, él dijo lo mismo de siempre:

-No sé que ocurrió, ¡yo nunca estudié nada!

A los 18 concluyó la secundaria, y a los 21 se había graduado meteórica mente de abogado. Él era conciente que jamás había tenido por más de cinco minutos un libro abierto entre sus manos, pero a esa altura del partido sabía con certeza lo que pasaba.

Gabriel era dueño de un extraño don. A partir de aquella mañana en que hojeó por unos minutos en el patio de la escuela aquel libro de historia, poco a poco fue descubriendo como funcionaba su talento. Se dio cuenta que con el simple hecho de tener por unos instantes cualquier cosa escrita entre sus manos, inmediatamente se transfería a su mente todo el contenido. Así fue adquiriendo un descomunal conocimiento, y esto sucedía sin ocasionarle ningún esfuerzo.

Con el tiempo perfeccionó tanto esta técnica, que llegó a tener tal dominio del asunto que al cabo de unos años con solo entrar a una biblioteca, podía recibir toda la instrucción que deseara. Elegía el tema a investigar, se paraba frente al anaquel repleto de libros en cuestión por unos minutos, y listo, ya estaba todo dentro de su cabeza. O sea que Gabriel cargaba a discreción su cerebro como una inagotable computadora.

Extinguió todos los temas. Geografía, historia universal, religión, filosofía, ciencia, astronomía, ocultismo, economía, política, etcétera. Más tarde se dio cuenta que su capacidad se podía ampliar aún más. Comenzó a percibir que también tenía el privilegio de incorporar a voluntad el conocimiento que poseía la gente que lo rodeaba. Pero no simplemente la instrucción académica que poseían, si no también un tesoro invalorable como la propia experiencia, algo que cada individuo solo puede adquirir por lo vivido. De ese modo acumuló un saber increíble, y a medida que se relacionaba con distintas personas, su caudal interior se hacía francamente incalculable.

Cuando Gabriel hubo aprendido todo, observó que además de la sabiduría de los hombres, la naturaleza guardaba secretos increíbles para revelarle. Casi sin darse cuenta, absorbió lo que las plantas, ríos, volcanes y animales le decían. Más tarde le tocó el turno a los duendes, brujas, magos, estrellas y planetas, y por último heredó un tesoro insospechado como la mismísima razón de los elementos.

Gabriel era casi un Dios. Tomó conciencia entonces que ya había aprendido todo, y a partir de ese momento las cosas se complicaron. Gabriel no era feliz. Nada lo sorprendía, todo le parecía banal, y no lograba mantener conversaciones con nadie, ya que no había situación ni persona que pudiera anticiparse a su descomunal conocimiento. Esto que en algún momento pudo parecerle una bendición, se transformó en una insoportable condena.



A sus 34 años Gabriel supo que como hombre era capaz de convertirse en lo que quisiera. Podía ser: el estadista más reconocido del planeta, o el Gurú más carismático del mundo. Tenía conciencia que cualquiera de las dos opciones que eligiera, lo colocaría de inmediato como la persona más referencial del globo. Millones de personas lo seguirían ciegamente, pero a pesar de eso supo que siempre se sentiría solo.

El dinero tampoco era una dificultad. Sabía puntualmente qué transacciones económicas debía realizar, para multiplicar sus ahorros a discreción todas las veces que lo deseara. Pero..., ¿para qué lo quería?, ¿Qué hacer con él? Viajar era absurdo y aburridísimo para Gabriel. Ya tenía incorporado en su cabeza todos los rincones del mundo que un hombre podía visitar. Es más, incluso ya conocía de manera anticipada los que aún no se habían descubierto.

Gabriel entonces hizo un balance de su vida. Conocía minuciosamente como se había originado todo en el universo, desde el preciso momento en que ocurrió lo del Big Bang, y creía tener la absoluta certeza de saber como y cuando culminaría esto.



Esa tarde cuando el sol aullaba de pena tras el horizonte, Gabriel supo que cuando un hombre ha aprendido todo, indefectiblemente tiene los días contados. Entonces, añorando aquello que nunca pudo vivir por si mismo, se tendió boca arriba en el pasto, sabiendo exactamente lo que iba a sucederle.


Eduardo J. Podestá
Ejp1302@yahoo.com.ar

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1 Comentario de lectores

17/09/2009

Gracias trabajadores de la Luz, correos como estos me llenan de regocijo, y me ayudan a tener mas conocimiento de lo que somos, hay veces creemos que el tener todo lo material, o todo el conocimiento nos hace felices, pero creo que la felicidad, esta en el punto exacto del equilibrio, y este es el que màs nos cuesta encontrar.

Edilma desde Colombia